Cuando el cine nos espera
»Por Dani Umpi
Hay dos películas que odié desde el primer momento que las vi: Amelie y Lost in translation. En su momento no las pude tolerar. Me resultó insoportable la supuesta ingenuidad y pureza de esa francesa insoportable, vestida de Heidi, haciendo muecas insoportables en situaciones insoportables mientras todos en el cine le sonreían con complicidad. Me resultaron insoportables esos dos en Tokio, con esa visión tan racista puesta como algo poético, en medio de esas insoportables escenas musicalizadas por grupos insoportables que tienen cinco estrellas en revistas de música, y el onderismo insoportable en el que pululaban esos personajes, insoportablemente cools.
Tuve que callar mis tradicionales comentarios ignorantes porque resultó que al 99% de mis amigos les habían encantado esas películas. Es más, cada vez que se proponen enumerar sus películas preferidas inevitablemente nombran una de esas. Lógicamente el equivocado era yo. Entonces las vi de vuelta. Mi opinión no varió. Es más, encuentro el doble de detalles criticables que me convierten en el espectador más intolerante del mundo.
Seguí yendo -obvio- a las casas de mis allegados, siempre llenas de posters y postales gratuitas con escenas de esos films. Elogiaban esas pelis, y yo, mudo. Muchos identificaban momentos hermosos de sus vidas con algunas escenas “emblemáticas”, y hacían incluso perfomances con sus músicas y repetían diálogos. Sus rostros se iluminaban y todos entendían la magia de la situación, de la evocación, excepto yo. Ni qué hablar de los cortes de pelo. Eran una secta, una secta mundial que incluía a toda la Humanidad. Yo era algo así como el único ser del mundo que no había entendido esas dos obras de arte. Un bicho. Un bicho insensible que no sabía apreciar en 3D la escena de las francesita y su cucharita, ni la de la chica de peluca rosa cantando karaoke. Yo y mis prejuicios.
Un día, charlando con una amiga, ocurrió algo monstruoso: me dijo que yo tenía actitudes que le hacían acordar a Amelie. Estallé. Tiempo después estuve en una situación equis con otro amigo y me dijo: “esto se parece a la parte de Lost in translation en que…”. Estallé de nuevo. ¡No lo podía creer! ¡Lo único que me faltaba! Con los meses me tranquilicé. Volví a ver las películas y, efectivamente, resultaron ser más cercanas que otras que tanto me gustaban. Tal vez los rituales que reproducían eran demasiados cercanos. Sentí algo que nunca antes había sentido: crecí. No es madurar, sino crecer. Es un momento previo. No mucho, pero algo.
La semana pasada se lo comenté a un amigo como si estuviera confesándome un cura. Me miró extrañado y me dijo: “¡pero esas películas ya fueron! En realidad TODO está sintetizado en Transformers!”.

