¡No abras esas puerta! ¡No mires esa peli!
»Por Flavio Lira
Ya han pasado casi doce años desde que Wes Craven y Kevin Williamson revitalizaron algo que no estaba en el borde de la muerte, sino clínicamente muerto. Como el líquido de Re-animator, y a través de la constante autoconciencia, Scream lograba resucitar y generar una reflexión sobre el estado del cine de terror.
La novedad de este film -y parcialmente de las secuelas que le siguieron- no era particularmente nueva. El mismo Craven había hecho un poco de lo mismo en La nueva pesadilla, cuando mostraba cómo Freddy Krugger dejaba de ser un monstruo fílmico para convertirse en uno real, y basaba su ingeniosa idea en asumir que ya no era posible volver a la supuesta inocencia. Es decir, era un típico producto de los noventa.
No mucho pasó desde entonces. O mejor dicho, pasó bastante, pero nada realmente muy notable.
Luego de la avalancha de imitaciones lamentables que suscitó la creación de Craven y Williamson, llegó la olvidada Proyecto Blairwitch, que intentaba, no sin acierto, mezclar el miedo a lo no visible de las películas producidas por Val Lewton en los cuarenta, con el muy reciente -e incluso más demodé- Dogma. No generó demasiada descendencia, a excepción de películas un poco tramposas y un poco malogradas como Mar abierto o la primera Jeepers Creepers, y ahora no es mucho más que un chiste que se contó demasiadas veces. Alcanza con ver la innumerable cantidad de parodias a la bruja de Blair que se pueden encontrar en Internet.
Lo otro que sucedió, ya en este milenio, fue el camelo del “terror oriental”. Basado en generar sustos a través de la tecnología o, mejor dicho, en utilizar diversos aparatos eléctricos (televisores, celulares, etc.) para generar espanto, ninguno de estos films logró agregar algo nuevo a lo que David Cronenberg había hecho casi veinte años antes con Cuerpos invadidos o Scanners, y menos que menos superarlo. Lo que es peor, muchas veces las mismas películas sufrían en comparación a las remakes estadounidenses. Y ni siquiera estas versiones eran algo tan novedoso o estimulante.
A esta moda oriental se le sumaron en los últimos años otras dos tendencias también lamentables: el revitalizamiento del gore a la Hostel o El juego del miedo (cualquiera de las tres), y las remakes de clásicos del terror estadounidense setentero y ochentero, como por ejemplo La masacre de Texas, La colina tiene ojos o La niebla. En el primer caso, el de gente como Eli Roth y otros, no sólo es absolutamente gratuito, sino que también completamente vacuo. La tendencia al gore, que se inició con las atrocidades de Hershell Gordon Lewis en los sesenta, al ser pasteurizada, procesada y llevada a un extremo casi publicitario, deja de ser desagradable por su colección de tripas rebanadas para alcanzar lo desagradable por lo pésimo y calculado del cine de terror en busca de taquilla.
Se trata, de alguna forma, de los hijos de David Fincher. Sus films son publicitariamente sádicos, saquean indiscriminadamente a una estética seudo-industrial, pero la saquean de segunda mano, es decir, no robando al accionismo vienés, sino a un videoclip de Mark Romanek para Nine Inch Nails. Por otra parte, el terror nunca tuvo realmente un código moral al cual atenerse: ¿quién puede llamarse moralista cuando está, digámosle, explicitando su misantropía a través de las constantes torturas físicas con las cuales somete a sus personajes? Todos estos films, en especial El juego del miedo, hacen que sus asesinos tengan un propósito educativo, o sea, que castigan para enseñarnos algo sobre lo mal que vivimos. Nuevamente, son los hijos de Fincher.
En este panorama desolador hay algunas cosas que valen la pena ser mencionadas. Una es la aparición de Rob Zombie en la dirección. Tanto con 1000 cuerpos como con Violencia diabólica, logra mezclar en una batidora hiperquinética toda la historia del género con una amoralidad tal que mete más miedo que cualquier violencia que suceda en la pantalla.
La otra es seguir la trayectoria de James Gunn, ex-trabajador de la empresa de terror clase B Troma, que con su Slither logra ser un digno heredero del horror diabólico y divertido de los primeros Joe Dante, Peter Jackson y Sam Raimi. Y el tercero es Lucky Mckee, quien con La cara del horror y Voces en el bosque logra un estilo de horror psicológico sofisticado y completamente feminista.
De cualquier forma, estas cosas están más que en los márgenes, no van a ser tomadas en serio, y el consuelo que ofrecen es muy efímero. Este Halloween no habrá nadie que nos asuste.
Cinco estrellas
La comedia más delirante, fantástica y libertina de los últimos años ha ido directamente a dvd. Llamaradas de Gloria, además de ser una clase maestra de humor, tiene uno de los tratados sobre homoerotismo más creativos que se hayan visto en el cine -por momentos parece la hermana desquiciada de Bella tarea, de Claire Denis-. En el elenco están los mejores comediantes del momento -Will Ferrel y Jon Heder-, que son increíbles, pero las reales estrellas son Amy Poehler, Will Armet y sobre todo Nick Swardson como un fan psicótico. Esperemos que se estrenen Superbad y Knocked up, y así se pueda ver una comedia decente en un cine montevideano.

