Aquí elijo yo (es decir, ella)

»Por Goergina Torello

Si escribo “un enemigo del pueblo hoy” y no me dan una variante del doctor y sus bacterias, de la burguesía enriquecida o de la corrupción de la clase política, pero me llenan de historias autorreferenciales sobre traumas infantiles estoy, casi seguro, frente a una Sopa instantánea.

Este espectáculo de improvisación, aunque parece ir perdiendo actores -fueron siete, seis y ahora son cinco- vuelve luego de tres temporadas y ahora se presenta en el Old’Maz. Y si la permanencia y el completo de la sala el viernes pasado lo convierten, mecánicamente, en un clásico de la cartelera montevideana, su versión algo indómita de las técnicas fijadas por el género merecen al menos dos palabras, o para ser más exactos 438.

Tanta agua pasó desde que Viola Spolin promovió en los años ‘40 un teatro más vinculado al juego y que Keith Johnstone entendió que los ensayos eran más entretenidos que las funciones, que el puente parece haberse desvirtuado. En su Teatro deportivo Johnstone impuso las reglas del deporte al teatro: dividió a los actores en grupos e incitándolos a actuar no ya con un texto establecido -pongamos, de Ibsen- sino escuchando y cumpliendo las sugerencias del público, aprendieron a competir por los puntos de los jueces-árbitros, para luego ser aprobados o no por los espectadores.

La improvisación ya no como ejercicio sino como método concretó ideas que rondaban los escenarios desde el comienzo de la actuación: dio a los actores un contacto más dinámico con su performance y al público posibilidades de participación que trascendían el aplauso final.

La función que presencié partió acelerada de la frase sobre el enemigo del pueblo, escrita en un papelito por un espectador (todos escribimos religiosamente la nuestra) y a partir de ella y solo de ella, es decir de la interpretación libre que los actores hicieron de ella, se construyó todo el espectáculo. Se sucedieron, entonces, las técnicas más clásicas del género: relato, play back, resumen y aceleración, pero cuando vino la hora de elegir los diferentes estilos de interpretación que el menú ofrecía, entre ellos bizarro, ciencia ficción, cine mudo, comedia musical, western, sobreactuado y telenovela -si se pueden considerar dos diferentes- y el público eligió animado, una autoritaria integrante del grupo dijo: “No, aquí elijo yo”.

En pocas palabras, la comicidad que debería haber caracterizado el espectáculo y que fue alcanzada solo por momentos, se redujo a la nada. El público, que se rió cuando pudo, vio solo una de sus frases en escena y se quedó con las ganas de ver la historia en estilo “comedia musical”, aplaudió generoso, siguiendo, al menos él, las reglas del buen espectador.

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