
»Por Mauricio Rodríguez
Pasó de ser un estigma pegado a la piel a un sinónimo de vanguardia y rebeldía. La pacatería de la sociedad uruguaya aún no acepta que los cuerpos deambulen denunciando gustos o ideales de sus dueños, pero puede afirmarse que el tatuaje ha ganado la batalla.
La utilización del cuerpo como lienzo no es un signo de nuestro tiempo, aunque sí lo es transformarlo, tatuaje mediante, en vidriera de posiciones ideológicas, grandes amores o la fascinación por ídolos. Durante mucho tiempo, el llamado “arte corporal” fue sinónimo de pecado y sacrilegio. Después “marcó” a los delincuentes y los esclavos, e incluso llegó a ser una señal de brujería. Los nativos de América también lo usaron, tatuándose en el cuerpo imágenes de dioses.
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»Por Leonard Mattioli
El poder de quienes niegan el efecto de invernadero –sobre todo personajes relacionados a la industria petrolera y representantes de la derecha más fanática- ha provocado el fracaso del llamado Protocolo de Kyoto, un acuerdo en el cual los países firmantes se comprometen a intentar disminuir la cantidad de emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera.
La razón principal de que este acuerdo no haya logrado salir airoso es que el gobierno de Bush Jr. se ha negado enfáticamente a regular las emisiones de la industria estadounidense, y solo ese país representa el 25% de co2 que termina en la atmósfera. Pero más allá del tratado de Kyoto, y del necesario ahorro energético, el cambio de una matriz basada en los combustibles fósiles -carbón, petróleo y gas natural- es uno de los pilares de cualquier intento de abordar este problema. Se conocen algunas opciones, que se barajan también en nuestro país.
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»Por Javier Martínez
Hace veinte años que soy tachero. Y hace más de diez que laburo de noche. Acá ves de todo. Y ahora, con este nuevo servicio, como que la cosa está más estricta con los que manejan en pedo, cosa que me parece bien. Te lo digo yo que ando esquivando mamados toda la noche. Ahora ofrecemos un servicio de llevarte en tu auto. Vos nos llamás a las cinco de la mañana, ponele, vamos hasta donde estás, agarramos tu coche y te llevamos hasta tu casa. Te lo metemos en el garage y todo, solo falta que te acostemos y te tapemos.
Y bueno, te cobramos ¿no? Sale sus mangos, pero es mejor que tomar un taxi y dejar el auto tirado que capaz que te lo roban, o te lo rayan, y que además tenés que ir a buscarlo al otro día. Con este servicio te levantás y tenés el coche ahí, te tomás un café, una aspirina, y chau pinela.
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»Por Kira
Simplemente están ahí. Fijos. Estáticos. Inmóviles. Exactamente en el mismo lugar. Tanto que comienzan a formar parte del decorado. Un objeto más de la escenografía, del paisaje cotidiano. Tienen siempre la misma cara, la misma mirada. Nunca sabemos si están contentos o tristes, si algo les gusta o no, si son felices o si sufren, si quieren o si odian, porque ellos no sienten, no vibran con la vida, no expresan, no exteriorizan, no demuestran nada.
Nacen y crecen hasta determinada edad, como si se congelaran para el resto de sus vidas. A veces, cuando una mujer se les acerca demasiado, auto-presionan un botón que les permite hablar y dicen que ellos “no pueden querer, que no nacieron preparados para los compromisos y que no quieren lastimarte”.
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»Por Ivana Bajuk
Canal ambiente
El fin de semana nos juntamos a chatear. Con nueva definición: chateamos cara a cara. Igual que si estuviéramos on line, el chateo no es una actividad exclusiva. Cada uno puede tener más de una ventana abierta a la vez. Y como pasa en el chat, cuando uno habla, saca las palabras de algún lugar cercano al inconsciente. Y si quiere, elabora.
El tema perfecto
_Yo lo que quiero, es la perfección -empieza una charla típica donde El Rollito profundiza, recorriendo lugares comunes.
_¿Y qué es la perfección para vos? -pregunta El Rosquita, mientras se corta un mechón de pelo y valora la relación del corte con el resto de los mechones.
_Es la dimensión del ser. Es todo lo que puedo y quiero ser. Y cuando la veo en otro, es todo lo que quiero ver.
_Ah, es relativa a cada uno.
_Sí, claro.
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»Por Mónica Zanocchi
Existen emociones que solo un fashionista siente o sabe explicar. Yo defino al fashionista como aquella persona que tiene un interés especial por la moda. No estoy hablando solamente de tendencias o “qué es lo que viene para el verano”, estoy hablando de aquellas personas que analizan, piensan y están mínimamente actualizadas respecto de la misma… Además, los fashionistas sienten profundamente las emociones que la moda es capaz de transmitir y crear.
Yo puedo considerarme una fashionista, y realmente me emociona mirar un desfile en vivo -bien hecho, obviamente- o tener la oportunidad de tocar una prenda de marcas como Azzedine Alaia, Prada o Yohji Yamamoto. Todavía hoy existe prejuicio con la moda, pero no se puede negar que el trabajo detrás de las marcas de vanguardia como las que he mencionado, es algo serio y profundo. Simplemente reflejan el momento en que vivimos.
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»Invitado: Ercole Lissardi
En efecto, lo confieso -y tomá nota porque esto es lo realmente interesante, querida-: soy un fauno. Es decir: lo era, pero como ves, te voy a seguir hablando como si todavía lo fuera. ¿Y qué es un fauno? Esencialmente, un afortunado infortunado al que le sorbe el coco en la mayor parte de sus horas la urgencia por encontrar una buena concha -¿me permitirás utilizar este apelativo que aunque muchos lo pronuncian con desprecio a mí me sigue pareciendo producto de una asociación particularmente afortunada y bella?-, encontrar una buena concha peluda en la que aliviar las dolorosas rigideces en las que incurre su cuerno de carne ante cualquier y ante el más mínimo e insospechado de los estímulos, o incluso, pasado un rato prudencial desde el último alivio, sin que medie estímulo alguno. Ese es mi drama, el extenuante drama del fauno.
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»Por Martín Mazzella
Sigo viajando. Mi antiguo helecho ya no me abriga por las noches. Ahora estoy solo. Estoy mejor. Eso creo.
_Pase por acá. Enseguida lo atienden.
_Muchas gracias, señorita. ¿Me trae un café mientras espero?
_¿Lo quiere en taza o con embudo?
_Mi madre lo hacía con espumita…
_Déjeme ver… Mmm… No.
_¿Cómo que no?
_Acabo de hablar con su madre y ella me confirma que nunca se lo hizo con espumita, como usted afirma.
_¡No le crea! ¡Ella miente! ¡Exijo una segundo opinión!
_¿Quiere que llame a su hermano?
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