Fuera del estanque
»Por Sebastián Auyanet
Tras la “Oda a la resaca” que Ernesto Tabárez (de ahora en más Eté) grabó junto a sus Problems se encuentran versos con la soledad como compañera frecuente. Un songwriter que se estrena exigiendo -y exigiéndose- sinceridad a la vez que suelta chispazos de pop, rock y country como anzuelos difíciles de esquivar.
“Es el concepto de “Help!, man”, dice Ernesto antes de darle un nuevo sorbo a su taza de café y pegar otra pitada. El tema sobre la mesa es la incoherencia de ánimos entre texto y música que tienen gran parte de las nueve canciones que integran Malditos Banquetes, el disco de Eté y los Problems que en estos días está saliendo con edición del sello Sondor.
Vayamos a la primera canción. Un rock con sonido y coros stone ataca con ánimo fiestero mientras el estribillo tira: “Porque hoy todo es felicidad, jugamos a olvidar la soledad, que mañana vendrá la realidad y traerá consigo la nada”. Ernesto reconoce la intención como marca de fábrica. “Me pasa siempre que las canciones más tristes me suenan más alegres, quizá porque si no fuera así no podría cantarlas. “Mayday” es la única que se separa de eso, y la verdad es que me cuesta un montón tocarla. Por otro lado, creo que la forma de exteriorizarlas tamizadas por una banda de rock y de forma agresiva es lo que hace al espíritu de lo que quiero contar, no soy muy afecto al templadismo”.
En el amable country rock del segundo track del disco se termina de plasmar la influencia de aquel quinto álbum de los Beatles que Ernesto escuchaba desde los cinco años por “unos auriculares gigantes”, alternado con un homenaje de Serrat a Antonio Machado. “Esa canción en particular es absolutamente desesperada, digo que salgo a ‘rodearme de los que no están’, entre otras cosas. Es que, después de las fiestas la soledad siempre ataca más fuerte”. La misma palabra se aparecerá, por lo menos, unas ocho veces más a lo largo de uno de los pocos discos del año que logra lo que se propone y que, si los astros colaboran, puede pegarle una interesante lavada de cara a la escena local.
El songwriter que viene
Este disco, esperado desde hace meses por llevar además el condimento de la producción del ex Chicos Eléctricos Andy Adler, regreso significativo para la música de nuestro país, engaña.
A medida que el rock amable pero nunca simplón de los Problems avanza, las letras de Ernesto van calando y cualquier comparación sonora con bandas como Intoxicados o La 25 se terminan de resquebrajar. Porque la música termina siendo la puerta de entrada “apta para toda oreja” que Ernesto usa para soltar una catarsis que huye constantemente del lugar común, la arenga o cualquier otro vicio de ese tipo de bandas.
De esta manera, pasan cosas tan extrañas como que los agresivos punteos de guitarra de Luis (sí, el violero de Motosierra) se puedan conjugar con versos germinados por años y años de libros, canciones de autor y la tutela de Eduardo Darnauchans, con quien Ernesto salía desde que tenía trece años (“Eduardo siempre trataba de adoptar gente más joven para convertirlos en lo que él llamaba “El Sheriff de la canción”, cuenta con una sonrisa). El propio Darno se aparece por el disco, prometiéndole a una contestadora recitar unos versos que nunca llegó a leer.
“A lo único que le tengo miedo es a que la música se separe del texto. Espero no encontrarme un pibe tarareando la melodía y que no preste atención a lo que dice. Acerca de la música, de todas formas dudo que los músicos de La 25 puedan tocar lo que tocan los Problems… hay cosas más densas debajo de ese sonido aparentemente simple”.
Ciertos postulados
Ernesto genera un canal para comunicarse que parece funcionar. “En el documental que viene con el disco (dirigido por Pablo Stoll) Andy siempre dice que lo que más le llamó la atención al ver mis canciones era el envoltorio en que venían, justamente por eso. En cuanto a la escritura, creo que es mitad catarsis y mitad oficio. No es que me cago en la mano y eso lo pego en la hoja, sino que acá se trata de decir lo que tenés que decir del modo en que tenés que decirlo. Por eso me cuesta colgarme con cosas como las performances o en el otro extremo las intenciones musicales muy rebuscadas. Está todo bien con colgar un florero boca abajo en el techo y después explicarme que eso representa la resignificación de los desechos de la creación de no sé qué época, pero pintá un Van Gogh, haceme el favor. ¿Podés? Ahí está la cosa. Ni fácil ni imposible de interpretar”. ¿Y dónde está la clave para encontrar el equilibrio? “Yo creo que hay dos problemas. El primero es que el rockero uruguayo promedio no lee, no está acostumbrado a leer.
Le preguntás quién es Plutarco y te pregunta en qué banda toca, man. Y otro por ahí viene en el tema de la influencia musical. Estamos escuchando rock en inglés desde tan chicos, sin entender lo que están diciendo, que entonces nos quedamos solamente con la sonoridad. Por eso siento que hay intenciones buenas, que las canciones de muchas bandas tratan de decirte algo interesante, que te llegue, pero no tienen las herramientas para terminar de decírtelo”.
Palabra de Thom
Hace unas semanas, cuando salió In Rainbows, de Radiohead, Thom Yorke escribió, citando al músico Robert Wyatt: “Confío más en la música pop que en el folk. Con el folk podés construir tu estante y vivir allí. Pero si tu estante no está conectado a un río, y ese río conectado a un océano, tu estanque va a ser apenas un agujero a medio llenar”. Es precisamente eso lo que Ernesto parece querer evitar, sin hacerse trampas a sí mismo.

