La costurera, el pintor, su mujer y su réplica
»Por Goergina Torello
Quienes una madrugada se toparon, leyendo distraídamente, con la Olimpia de Hoffmann, e hipnotizados por su perfección mecánica no pararon hasta encontrarla, alterada y mejorada en la Eva de Villiers de L’Isle-Adam, la Hortensia de nuestro compatriota Hernández o las abusadas Puppen de Bellver; quienes viajeros apenas llegados a una ciudad extranjera no descansan hasta encontrar el museo de cera -no me refiero al chic Madame Tussaud de New York o Londres, sino a los descascarados y decadentes de Buenos Aires o Roma- para enfrentarse a su semejante inanimado; e incluidos entre todos ellos quienes examinan todos los maniquíes de los museos históricos en busca de alguna señal, encontrarán sugestiva La mujer copiada.
Escrito por Sandra Massera, el texto cuenta una historia verídica: tras el abandono de Alma Mahler, popular por sus encantos y sus matrimonios (con un genio de cada arte: Mahler, Gropius, Werfel), el pintor y dramaturgo Oskar Kokoschka encarga a una fabricante de muñecas y maniquíes la reproducción exacta de su amante.
Y con la réplica inanimada de Alma, aunque decepcionado por su piel arisca, desatiende las habladurías de los conocidos (Sigmund Freud, Gustav Klimt y Wihelmine Schroeder) y se pasea en carruaje por la ciudad. Al gesto irreverente de transformar a su amada en objeto (¿lúdico o erótico?) y “asesinarlo” más tarde en una fiesta, arrojándolo por la ventana, la puesta en escena de la misma Massera le saca partido.
Dos autómatas guían al espectador por el ambiente adorablemente tétrico del Museo Pedagógico (vitrinas de castigos corporales, instrumentos científicos, fotos, libros), en medio de personajes estatuarios, oscilantes entre la humanidad y lo mecánico, que dan distintas versiones del pintor y de su objeto de deseo.
Luego vendrá, ya instalados en la sala de actos del museo, el momento de conocer a Kokoschka, Alma y la costurera. Por último, será el turno de las copias que los sustituyen y toman la palabra. Y aunque no siempre cuente con actuaciones consistentes (las fallas mecánicas de los autómatas no son las únicas de la escena) ni con un texto que despegue demasiado del mero relato histórico, La mujer copiada, especie de réplica humana del Teatro Mecánico que soñaron los futuristas, confía en un sugestivo sistema visual para comunicarse con el público. O al menos con ese sector de público que fantasea con tener, escondido en el armario, el simulacro del ex amante.

