El día después de mañana

»Cada mes de junio se agitan las turbias aguas de la historia reciente -el eufemismo elegido para referirse a la dictadura-. Y más aún desde que el gobierno de izquierda ha instalado en el debate público la controvertida idea del Nunca más
»Por Mauricio Rodríguez | Tiempo de lectura: 4′18”

El 27 de junio del año pasado un programa radial salió a la calle a preguntarle a algunos liceales qué significaba para ellos aquella fecha. Los entrevistados, entre risas nerviosas, respondieron con frases sueltas cosas como No, ni idea”, Es lo de los Tupamaros, ¿no?, “Me suena a algo de los militares, el golpe de Estado y la dictadura. Y cuando la periodista insistió para que profundizaran en sus comentarios, las respuestas eran aún más vagas y vacías de contenido. El micrófono desnudó la ignorancia de aquellos muchachos.

»Say no more

Poco tiempo después, el 11 de setiembre de 2006, la Justicia procesó por primera vez a un grupo de oficiales acusados de violar los derechos humanos durante la dictadura. La noche anterior, uno de ellos se había suicidado de un balazo en el momento que unos policías, cumpliendo lo solicitado por el juez, tocaron timbre a su puerta para llevarlo preso.

Esa noche, mientras los informativos televisivos repetían una de las noticias más impactantes del año, un docente de un taller de periodismo preguntó a su grupo de (jóvenes) alumnos cuál era el hecho destacable de la jornada. Para sorpresa del profesor, los muchachos cerraron filas tras lo que consideraron, periodísticamente hablando, lo más importante por esas horas: los homenajes que se realizaron en Nueva York y en varias ciudades de Estados Unidos recordando los atentados de las Torres Gemelas. Varios reconocieron, además, que desconocían los procesamientos de los militares; apenas uno mencionó el suicido de uno de ellos (aunque no supo decir con cierta exactitud cómo había sucedido) y casi todos coincidieron en señalar que no seguían estos temas, porque los aburrían.

¿Hasta qué punto los adultos han logrado ser efectivos en sus relatos y han entusiasmado a los jóvenes con asuntos sobre los que éstos se enteran por los libros de Gerardo Caetano y José Rilla?

Hace unas semanas, en el programa televisivo Sin censura se debatió este asunto del nunca más. En la tribuna, rodeados de varios muchachos, estaban el tupamaro Jorge Zabalza, la integrante de la organización Plenaria Memoria y Justicia Irma Leites y un edil colorado. Los disparos cruzaron el aire y se mezclaron con los de los panelistas del programa. Los jóvenes casi no participaron. En este contexto, y como si asistieran a un partido de tenis entre dos demonios que casi desconocen, muchos jóvenes giran sus cabezas de izquierda a derecha y observan con escaso interés un intercambio que les resulta lejano y un tanto ajeno.

»Devil inside

Llevando estas experiencias caseras al terreno de los números, hace unos años, la desaparecida revista Riesgo País publicó una investigación donde se informó que el 70% de los jóvenes encuestados no conocían con exactitud en qué año había sido el golpe de estado en Uruguay. El 30% mencionaba una fecha incorrecta, y el 23% directamente la desconocía. Es sabido que el tiempo suele diluir las marcas de la memoria. Es un proceso casi inevitable y, justamente, sólo se puede frenar si los que vienen atrás se muestran dispuestos a abrir sus manos para que los viejos depositen allí la posta de la Historia.

Cuando esto no sucede, la sociedad suele empezar a repartir etiquetas de juventud desinteresada. Pero, ¿hasta qué punto los adultos han logrado ser efectivos en sus relatos y han entusiasmado a los jóvenes con asuntos sobre los que éstos se enteran por los libros de Gerardo Caetano y José Rilla?

A muchos jóvenes no los mueve el interés por saber más, por indagar, por llegar a un conocimiento lo más fiel posible de qué fue lo que pasó en los últimos años. Y esto más allá de ideologías. Saber, a secas.

El gobierno importó, adaptó y nacionalizó la llamada teoría de los dos demonios (una visión parida por el argentino Ernesto Sábato para explicar la génesis de la dictadura de su país). Las discusiones sobre estos temas han obligado a varios actores sociales a lavar de apuro sus camisas salpicadas con el barro oscuro de aquellos tiempos. Mientras a algunos no hay quitamanchas que los salve y otros ensayan muecas del tipo yo no estuve ahí y esconden fotos y documentos en el ropero, los argumentos a favor y en contra cruzan varios metros por encima de las cabezas juveniles.

Teniendo en cuenta que las nuevas generaciones nacieron después de la dictadura y que, por ello, lograron evitarse sus consecuencias directas, en la piel y en el espíritu, ¿hasta qué punto no es legítimo que muchos no quieran enredarse en temas que sienten como reservados para los veteranos nostalgiosos que se juntan en el boliche?

»Never more

Estas anécdotas son la puesta en escena de una realidad. Pero, ¿por qué parte de las nuevas generaciones solo se han quedado con los titulares de lo que pasó, es decir, una primera, básica y (muchas veces) distorsionada versión de ese pedazo de la Historia? A muchos jóvenes no los mueve el interés por saber más, por indagar, por llegar a un conocimiento lo más fiel posible de qué fue lo que pasó en los últimos años. Y esto más allá de ideologías. Saber, a secas.

Las desteñidas fotos de los setenta son (muy) viejas y mientras que sus padres seguían con admiración la gesta del Che Guevara, ellos lo usan para darles una pátina de rebeldía a los trapos que cuelgan en el Estadio.

Cuando las nuevas generaciones aún no asieron los relatos de su comunidad, un “nunca más” puede caminar peligrosamente por la cornisa del “borrón y cuenta nueva”

Puede pensarse que esto sea el triste y pobre triunfo de los que nunca dejaron de alimentar la caldera de la locomotora del olvido. O quizás por esto se acuse a las nuevas generaciones de cierta fatiga intelectual (que la pueden tener y quizás sea más evidente en este tipo de asuntos).

Pero más allá de esto, esta fotografía del presente indica que los que han intentado que el pasado reciente eche raíces en el presente, están perdiendo la batalla. Porque la sociedad uruguaya, lejos ya de la ebullición posdemocrática, ha torcido su ejes de interés y muchos de los que en aquellos tiempos agitaron sus banderas, hoy prefieren hablar de otros temas. Puede ser quizás un saludable mecanismo para superar el dolor. O, como dijo, en clave de humor, Darwin Desbocatti en su espacio radial, se quiso preparar una receta del nunca más pero no se advirtió que el recipiente (la sociedad) aún no estaba apto para darle cabida.

Muchas sociedades del mundo han logrado que las semillas gastadas de su pasado se cosecharan en los jóvenes. Pero la uruguaya no integra la lista. Y en ese contexto, cuando las nuevas generaciones aún no asieron los relatos de su comunidad, un nunca más puede caminar peligrosamente por la cornisa del borrón y cuenta nueva, donde se mezclen tirios y troyanos y todos sean barridos bajo la misma alfombra. Cerrar la puerta puede ser, a veces, lo más acertado para dar por superada una etapa. Pero se corre el riesgo de repetir el final de La metamorfosis, de Franz Kafka, donde, apenas muerto Gregorio Samsa, el personaje/insecto, su familia cierra la casa y se va de paseo al campo, como un último gesto de borrar todo lo vivido. Y aquí no ha pasado nada.

»Dom 01 | Julio 2007
feed | Escrito por: Mauricio Rodriguez
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