La lengua madre
»Sama acaba de terminar la Universidad y quiere ser intérprete.
»La frase: “Ser uruguayo no es sólo tomar mate e ir a la rambla”
»Por Paulina López Rivero | Tiempo de lectura: 1′43”
Sama acaba de terminar la Universidad (licenciatura en lenguas) y quiere ser intérprete. Pero antes tiene que salvar un obstáculo: encontrar su lengua materna. Y lo que para la mayoría de los hablantes es de perogrullo –la lengua materna es la que hablan los padres, la que se habla en casa mientras uno crece – para esta chica tendrá que ser una decisión, consciente pero dudosa.
La familia de Sama arrastra una historia babélica. Su abuela materna era italiana, su abuelo chileno. Se casaron en Italia y se fueron a vivir a Chile, donde nació su mamá; pero cuando el abuelo murió su mujer no tenía raíces en Chile, así que se llevó a su hija a vivir a Italia. Cuando la niña creció se casó con un libanés, y la vida la devolvió nuevamente a Chile.
Así, Sama nació y vivió sus primeros seis años con el español como lengua materna, pero sus padres se comunicaban en inglés, la madre consideraba que el italiano era en definitiva su lengua materna, y para colmo de confusiones, la familia se siguió mudando hasta que Chile quedó demasiado lejos en el tiempo como para que Sama considere que alguna vez fue hablante nativa del español.
Como toda su educación la recibió en inglés, ella lleva al inglés como su primera lengua. Pero lengua madre, la que nos enseña cómo leer el mundo desde el principio, la que nos hace enrojecer cuando decimos palabrotas porque suenan de verdad, no como las otras (las palabrotas en otros idiomas) que no suenan a nada, ésa no tiene.
Cada lugar se conquista un pedacito de idioma, y eso está bueno, y ni Sama ni Sophie sentirán nunca en carne propia cuán ligada está una lengua al espacio que ocupa.
Hace unos días conocí a Sophie. Tiene dos años, un papá francés y una mamá china. La niña habla inglés, por supuesto, que a esta altura parece la forma más cómoda de educar a un hijo, ya que los padres no parecen tener intenciones de aprender la lengua del otro. Ella entiende chino y francés, pero la noche que la conocí se iban a vivir a Japón, y la iban a mandar a una escuela japonesa. Buenas noches, y buena suerte, pensé.
Ser uruguayo no es sólo tomar mate e ir a la rambla. Es decir “ta”, “bo” (o “vo”), “championes”. Ser de Melo, por ejemplo, es decir “chala” en lugar de “billete”, “estuche” en lugar de “cartuchera”, “libretón” en lugar de “cuadernola”. Cada lugar se conquista un pedacito de idioma, y eso está bueno, y ni Sama ni Sophie sentirán nunca en carne propia cuán ligada está una lengua al espacio que ocupa.
Pero por otro lado, regodearse en la nostalgia idiomática es dar la espalda al hecho de que en el mundo hay cada vez más hijos de emigrantes, nietos de la globalización que a falta de raíces aprenden a deslizarse de cultura en cultura, cosmopolitas, camaleónicos. Aunque parezca romanticismo vacío, creo que son estos niños los que pueden socavar la maldición babélica, y dar la lección de tolerancia que desde siempre se anda necesitando.
»Dom 01 | Julio 2007
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CREO QUE SI ALGUNA PERSIONA BIUSCA ALGO RELACIONADOM CON ESTE ARTICULO SE LLEVARA UNA GRAN DESEPCION PUES ESTE NOI ES EL RESULTADO QUEREALMENTE AL MENOS YO QUERIA