Montevideo mon amour
»Invitado: Néstor Mir
Tres músicos y un hombre-cámara recorren las ciudades de Buenos Aires y de Montevideo en busca de los miembros de un grupo de rock del que se sabe poco y nada. El siguiente texto recopila fragmentos del “capítulo 3” del diario de Néstor Mir. Pueden encontrarse más datos de esta historia en la edición de diciembre y en el www.rioplatamusical.blogspot.com
»LOS SUICIDAS, capítulo 3
montevideo, uruguay_agosto de 2007
En cuanto llegamos supimos que la conexión iba a ser inevitable. Frente al mastodóntico Buenos Aires, Montevideo es una ciudad más tranquila, manejable. Buenos Aires te engulle, te arrastra. Intimida. Montevideo te invita a pasear por sus calles como si estuvieses siempre cerca. El centro histórico se sitúa sobre un apéndice terrestre que invade las aguas del Río de La Plata.
Habíamos reservado una habitación en un hostal de juventud. Un edificio antiguo y en reformas en Plaza Independencia. Nada más llegar nos pusimos a preparar todo el material para seguir con la búsqueda de Los Suicidas. Desde Valencia habíamos contactado con varias personas y ya en Buenos Aires habíamos hecho algunas llamadas.
Estábamos pendientes de que Nico Molina nos mandase un sms anunciándonos su llegada al hostal. Cuando lo recibimos acabábamos de sentarnos en una terraza, no muy lejana de nuestro alojamiento, y nos disponíamos a comer. Me levanté y fui a por él.
A lo lejos, en el portal del hostal, vi a un chico joven y espigado. Era Nico. Le hice una señal, me acerqué hasta él, le tendí la mano, y nos saludamos. Fuimos charlando hasta la terraza donde los demás nos esperaban.
Le hablamos de Los Suicidas y de la búsqueda que estábamos llevando a cabo. Tras la descripción que le hicimos del grupo, a grandes trazos, nos puso en situación en lo que se refería a la actual evolución del rock independiente uruguayo. Nos habló de bandas a las que Los Suicidas podían haber influenciado: Los Terapeutas, La Hermana Menor, Astroboy, Andy Adler, Motosierra, Silverados. Nos habló de bandas históricas como Mockers y Shakers, y de bandas consagradas como La Vela Puerca y No Te Va Gustar. Y, reflexionando un poco más, nos habló de Renée Pietrafesa Bonnet. Nico dijo que era una mujer madura, llena de vitalidad, de formación clásica, muy versada en lo experimental y, en este momento, trabajando el campo de la música electroacústica. A él no le sonaba que Renée le hubiese hablado alguna vez de un posible contacto con Los Suicidas, pero preferimos aclararlo de primera mano. Le dijimos que por favor concertase una cita con ella para el día siguiente.
***
Cuando llegamos a Montevideo nos llevamos una pequeña desilusión. La Ronda, el bar regenteado por Felipe Reyes, estaba cerrado. Pero Felipe tiene abierto un local justo al lado, llamado Cheese Cake. También estaba inmerso en la puesta a punto de un local mucho más grande, a dos calles, llamado Otra Ronda.
Queríamos empezar con las entrevistas esa misma tarde. Nos habíamos citado por allí con Paco, guitarrista de Astroboy, y con Mandrake, cantante de Los Terapeutas. También pretendíamos, a través de Paco, hablar con Pablo Stoll. Fue imposible. Nos comentaron que estaba muy liado, enfrascado en una serie de proyectos para la televisión.
Al lado de Cheese Cake hay un típico bar de batalla popular. Decidimos sentarnos allí. Ambos lugares se convirtieron en nuestro centro de operaciones en la ciudad. Nos sentamos en la terraza. Continuaba haciendo un día relativamente caluroso, aunque se levantó un poco de viento. Junto a Nico, esperamos a que la gente empezase a desfilar delante de nosotros. Andando hacia el garito, Nico se había cruzado con una pareja de amigos. Una chica de un programa de radio. Y un sonidista. También se apuntaron a la tertulia. En la terraza, el camarero sacó unos cuantos litros de cerveza. Al poco llegó Mandrake. Todos discutían sobre la escena musical. La discusión versaba sobre la definición de rock uruguayo. Nosotros incitábamos indirectamente a que todos hablasen. Queríamos saber si, sin hacer mención a ellos, acabarían hablando de Los Suicidas. Nadie dijo una palabra sobre ellos. No quisimos preguntarles a todos a la vez y decidimos que mejor sería entrevistarlos, uno por uno, y separadamente. En la barra de Cheese Cake habilitamos un lugar para entrevistarlos. Empezamos con Mandrake, líder de Los Terapeutas, una banda de larga trayectoria.
Cuando le preguntamos sobre Los Suicidas, contestó que no tenía la más mínima idea de lo que le estábamos hablando. La ristra de entrevistas no había hecho más que comenzar. La tarde ya se había convertido en un caos, y cuando llegaron los chicos de Astroboy fue imposible entrevistarlos ya que tenían prisa y en ese momento estábamos entrevistando a Andy Adler. Como tenían una sesión de fotos al día siguiente, en el malecón, quedamos con ellos para entrevistarlos allí, sobre las seis de la tarde. Se fueron.
Andy Adler es un mito viviente de la escena de los ochenta y de los noventa. Vivió un año en Madrid y tuvo que escapar antes de que le consumiesen sus adicciones. Se trasladó a Nueva York y allí estuvo muy cerca de los Sonic Youth. En este año 2007 está produciéndole el disco a un chico que lidera una banda llamada Ete & The Problems. Cuando le preguntamos sobre Los Suicidas, guardó silencio, un silencio que nos dejó muy cortados. Al rato contestó: prefiero no hablar de ellos.
No sé muy bien qué pasó tras la entrevista a Andy. Se habían hecho casi las once de la noche y era hora de cenar. Cenamos en el bar popular. Mucha carne empanada. Mucha pizza. Mucho vino. Invitamos a Nico y a una amiga. Por allí rondaba gente de lo más variopinta. Algunos músicos. Una actriz trasnochada que más tarde nos contó que hacía sus shows entrevistando a la gente del mundillo en su cama. Parecía mentira que aquella mañana hubiésemos aterrizado en Montevideo. Teníamos la sensación de llevar allí semanas.
Dani y Alex salieron a la calle a fumarse un pitillo. Enseguida volvió Dani pidiendo 300 pesos uruguayos. Vamos a comprar algo de motta, dijo. Cuando volvieron, pregunté: ¿Dónde está la motta? Dijeron que habían visto al tipo que le habían dado el dinero irse por el malecón, que cada vez lo veían más y más lejos, hasta que lo perdieron de vista. Nico, que se había convertido en un perfecto anfitrión, nos solucionó este y otros problemas. Además, para el día siguiente, nos tenía preparada una verdadera maratón.
Teníamos que buscar un grupo de música del que al parecer nadie en Uruguay había oído hablar. Pagamos y nos fuimos a Cheese Cake a tomar una última ronda antes de irnos al hostal.
***
A las nueve y media de la mañana del otro día, Nico pasó a buscarnos. No tuvimos tiempo de desayunar. Nos metimos los cinco en un taxi. Atravesamos la ciudad de Montevideo enlatados. Desde la ventana vimos pasar barrios de casas pequeñas. Nos dirigíamos al barrio en el que vive Renée. Una zona residencial venida a menos. Atravesamos un área industrial. Daba la impresión de que llevaba años en desuso. Las grandes máquinas comidas por el óxido. Las paredes de las fábricas semiderruidas. En medio de todo esto un rascacielos se erigía como punta de lanza de un neoliberalismo que intentaba enraizar sobre tierras movedizas.
La casa de Renée es prueba imborrable de que hubo en Uruguay un pasado connotado de esplendor. Es una construcción de finales del siglo XIX. Abrimos la verja del jardín delantero y anduvimos unos metros hasta que salió Renée a recibirnos. Nos presentamos y le dijimos que estábamos haciendo un documental sobre la música independiente en Uruguay. Nico le había hablado a Renée de nosotros, pero ella en realidad no sabía por qué estábamos allí. No queríamos entrar directamente a tocar el tema de Los Suicidas.
Sabíamos que debíamos avanzar con tacto. Y, la verdad, no fue difícil, ya que esta mujer madura, fue uno de los grandes tesoros musicales que encontramos.
Queríamos hablar con ella ya que su visión abierta de la música le permitía mantenerse en contacto con las nuevas generaciones, y esto, nos interesaba. Siempre le había gustado mantener este vínculo, alimentar y alimentarse. Una antena siempre atenta a las nuevas tendencias, abierta a la experimentación.
Mostró un interés ilimitado por las percusiones, por lo tímbrico. Las percusiones son fascinantes, dijo. También recalcó la retroalimentación entre los samplers, sonidos largos que se pueden llevar al infinito, y este deseo de plasmarlo después con un instrumento acústico o con una orquesta. Esta búsqueda del sonido continuo es una especie de lucha contra la velocidad, los lugares chiquitos y los primeros planos, dijo. También me gusta la improvisación, agregó. Nos quería seguir enseñando la casa, pero le pedimos que, por favor, nos tocase algo, que nos gustaría tantísimo poder oír alguna de sus improvisaciones.
Desapareció un momento del salón y volvió con unas mazas. Las apoyó sobre el piano y cogió unas pinzas, parecidas a las que se utilizan para tender. Las enganchó en unas cuantas cuerdas del piano.
Y empezó a tocar.
El piano se convirtió en sus manos en un instrumento multidimensional. Un instrumento con tapas y bordes a los que se podía golpear, que se podía percutir. Arrastraba los mangos de las mazas por encima de las cuerdas del teclado, las dejaba, tocaba las teclas con los dedos en busca de un sonido ondulante y disonante producido por las pinzas que presionaban las cuerdas, para más tarde, abordar, seguramente, una típica melodía popular nacida de la tristeza absoluta. Una vez expuesta, ligeramente mostrada, procedía a deconstruirla y creaba un nuevo puente sónicamente enrevesado que le llevaba hacia una nueva melodía, esta vez más cercana del sentimiento de festividad, y después, de nuevo caída al precipicio de lo trágico, al abismo de la duda y de la locura, al lugar de los sonidos incisivos y estridentes.
Nos quedamos boquiabiertos. Preguntó: ¿les ha dicho algo? En pocos minutos nos lo había explicado todo. Fue en ese momento que Dani, hombre cámara, le hizo la pregunta clave. Le explicó cuál era nuestro objetivo, qué era lo que en realidad estábamos buscando. Estábamos buscando a Los Suicidas.
Renée se quedó ensimismada, como buscando en su interior, como dudando. Nosotros la observábamos balancearse. Sin duda estaba luchando contra un arrebatador sentimiento interno de duda. Quería o no despertar aquel sentimiento adormecido, casi olvidado, durante años. Finalmente despertó del trance.
Conocí a alguien, sí, a Ulises, Ulises Luna. Debió ser hacia 1972 o 1973, puede que al principio de la dictadura, ahora no lo recuerdo demasiado bien. Apareció un día por esta casa. Era un chico muy inquieto, muy curioso. También muy inteligente. Me dijo que era músico. Había una mesita y nos sentamos a la sombra. Tras charlar un rato, se levantó y se puso a pasear entre los árboles, a recoger guayabas. Entonces subimos a este salón, y tiramos todas las guayabas sobre las cuerdas de mi piano. Y yo me puse a tocar y él se puso a cantar, y las guayabas daban vueltas. Cuando me quise dar cuenta, Ulises se cayó encima del clave, y el clave, que es un instrumento muy frágil lleno de resortes, produjo, al romperse y lanzar sus entrañas hacia el techo, una cantidad de sonidos indescriptibles. Ulises estaba encantado con aquello que estábamos creando, y yo también, aunque pensaba en lo mucho que me iba a costar arreglar el clave. Le dije, Ulises, sabes qué, vete. Me dijo, bueno Renée, no te preocupes. Me dio un gran beso y le pregunté, adónde vas, y él me respondió, me voy al asteroide.
Cuando salimos de casa de Renée, los cuatro miramos hacia atrás para saludarla y ver por última vez, quizás, un pedazo de paraíso en la tierra. Renée se había filtrado hasta el más recóndito lugar de nuestra médula, y sin duda, a partir de aquel día empezamos a ser diferentes. Nadie hablaba. Agarramos un taxi. Nico se despidió de nosotros. Nos veríamos unas horas más tarde.
En el taxi alguien dijo, muy fuerte, ¿no? Sí, había sido muy fuerte.

