Nostalgia prestada
»Por Sebastián Auyanet
2007 fue el año en el que muchos quisimos tener el DeLorian y estacionar en el verano de 1967. Los menos ambiciosos volvieron dos horas a los ochenta, en un estadio de Buenos Aires, y fueron felices. The Who, Beatles, sixties… pero, ¿por qué sentirse así con apenas 25 años?
Hacía tiempo que venía pensándolo, pero me cayó la ficha, ahí mismo, en pleno concierto de Soda Stéreo. No bastaba con estar en una platea viendo y escuchando de lejos. Sentí que debía estar todavía más adentro de esa burbuja ochentera que cantaba “Picnic en el 4°B”. Tenía que bajar a la cancha.
En medio de las negociaciones con los de seguridad, observo a una pareja que me lleva, fácil, veinte años, y baila como cualquier padre nuestro en una fiesta de quince o casamiento. Algo me hace ruido en la cabeza: la sensación de estar robando algo. Ya en la cancha, camino en el pasto, y me encuentro –vaya sorpresa- con que la mayoría de gente que hace pogo tiene mi edad, o es aún más chica. Los verdaderos nostalgiosos estaban en la tribuna.
»Ilusiones retro
Este fue un año de esperadísimas reuniones, pero no precisamente el motor de tales regresos fue devolver algo a los fans de toda la vida. Muchos de esos eventos tuvieron más que ver con que aquellos que estamos entre los 20 y los 30, creíamos que nos habíamos perdido algo.
El año empezó con The Who y el drama de que no tocaban en River Plate cuando ya tenía plata ahorrada para viajar y un amigo casi convencido para que me acompañara. Con Sting dejando su inmenso ego a un lado y tirándole un cable a sus dos compañeros de Police. ¡Y que pasarían por Argentina!, donde algunos meses atrás se habían reunido también Los Gatos (sí, ¡Los Gatos!). De este lado del río un fanático se bajaba el primer concierto de regreso de Jesus and Mary Chain, otro se metía en doce cuotas para ir a ver a los Happy Mondays, y un tercero puso sonrisa de “qué salado sería ir” cuando se enteró que Led Zeppelin había pospuesto para el 10 de diciembre su regreso porque Jimmy Page se había fracturado un dedo. Muchos otros desempolvaron discos de Rage Against the Machine y empezaron a consultar la web: “¿vendrán a Argentina?”. Y encima, ¿los Sex Pistols de vuelta?
Hay fiebre de regresos musicales. Es evidente. Y el nuevo fenómeno debe atribuirse a un karma de la escena contemporánea. El concepto puede verificarse en cualquier rama, desde la política hasta la moda. Pero como esta es una columna de música, la mirada debe hacerse desde lo musical, desde el star system. La constatación entonces es la de que casi no hay referentes actuales. Por autenticidad, y por lo que sea, uno de los pocos se llama Thom Yorke y tiene una banda cuyo nombre es Radiohead. Pero incluso el propio Yorke cantaba hace ya doce años “I wish it was the sixties” en The Bends. Así que…
»En busca de la autenticidad
El llamado “verano del amor”, el lejano verano de 1967, demuestra que el síntoma es todavía más agudo: todos sabemos que jamás vamos a vivir un verano así, ya lo dijo el propio Paul McCartney, aunque lo recordemos como si fuera propio. Podemos saber mucho o nada sobre lo que realmente pasó en aquel momento -como muchos otros fanáticos del punk desearían haber vivido el verano de 1977, con sequía, recesión económica y desintegración social incluidas- pero de todas formas querríamos estar allí. ¿Cuál es el motivo? Estoy seguro que es la falta de autenticidad. Una amiga llega aún más allá: “¿no será ésta la autenticidad de nuestra época?”. Si nos detenemos eventualmente en la música rock, desde una perspectiva masiva y alcance mundial, la certeza es la de que estamos en la época del refrito. Y eso no sería tan grave si encontráramos referentes actuales, en vez de traerlos de décadas pasadas.
Autenticidad, ¿será ese uno de los motivos por el cual le robé el tocadiscos a la abuela, que no entiende para qué demonios lo preciso, lo puse en el cuarto, y salí a comprar vinilos, harto de bajarme discos que suenan igual y hablan de lo mismo?
Pienso y pienso, buscando otros motivos potenciales. La caída de los grandes sellos, como los conocemos hoy, generará que cada vez nos vendan menos basura. En otras palabras, esos potenciales referentes aparecerán porque los sellos estarán obligados a buscarlos (y nosotros a encontrarlos). No va a bastar con que los fabriquen o paguen a las radios para que pasen el corte hasta que la actividad electroquímica de nuestros cerebros se suspenda.
La profecía de Mc Cartney se cumplirá de todos modos y es más que probable que pasen años y años hasta que algo parecido a lo de 1967 o 1977 suceda, pero al menos ocuparemos nuestros veranos disfrutando de una música que no nos haga desesperarnos por el hecho de que Pink Floyd decida reunirse o por comprarnos el último disco de remixes de pistas olvidadas de John Lennon con sonido 5.1 mega surround, o que nos lamentemos porque Joe Strummer se murió y qué buen show en vivo darían hoy mismo los Clash. O que dejemos de preguntarle a Cerati cuándo va a haber una recontra reunión de los Soda, en Núñez, y así bajar otra vez a la cancha a sentir el gusto… a vacío.

