Amor letrado

»Invitada: Sofía Etcheverry

Palabras cruzadas. Me he vuelto adicta a ellas y las exprimo hasta completar la última casilla. Todo empezó en Castillos. 6 de enero. Esperaba el ómnibus para ir a Punta del Diablo a encontrarme con mi novio. ¿Dos horas de un limbo insoportable?

No, no me lo podía permitir. Salí de la terminal y me fui a caminar por ahí: la plaza, desierta, el teatro cerrado y alguna que otra vidriera de ese tipo de local que no entra en ningún rubro y que entra en todos -La tienda de Laura o Cosita´s- ofreciendo brochecitos, posavasos, escarpines, ondulines, monederos, floreros, vinchas, lápices mecánicos, colonias para las abuelas y el infaltable ejemplar de Benedetti o Galeano. Escaparates popurrí, multifacéticos, que son un poco más que mercería pero les falta para bazar. Entré a uno de estos altares de lo mundano, y el panorama no se volvió más organizado. Entiendo: son regalerías.

Constituyen el precedente más arcaico de los hipermercados, y por qué no, de los shoppings.

Sí… salvando las distancias, enormes. Por supuesto.

Como hambre no tenía, había que matar la ansiedad provocada por la espera, por otras vías. Y ahí las vi… Y recordé todo. O casi.

Verano de 1994. Mi hermana y yo solíamos hacerlas. ¡Benditas sean ellas!

¡Salve, el mundo de las sopas de letras, los crucigramas y todo tipo de juego lógico!

Una vez que empezás a hacerlos, es cuestión de memoria, porque las definiciones se repiten una y otra vez:

1. Rey de los hunos.

2. Labrad la tierra con arado.

3. Antigua lengua provenzal.

¿Cómo es que siempre, en algún momento, el crucigramista, si es que este nombre le cabe, tiene irremediablemente que recurrir a dichas definiciones? ¿Muleta, cábala o dilema epistemológico? Sea cual sea el motivo, cuando estás en el punto más alto del consumo, las manejás todas y la mano que escribe siempre es más lenta que la cabeza. Llegás a comprarte de a dos, previendo la fisura que se viene.

Pero en aquella tibia mañana de Castillos, yo aún no sabía esto, o mejor dicho, quise ignorar el grado de peligrosidad del acto que estaba por cometer. Me compré una revista. Y un chicle. Hoy puedo decir que ese fue el comienzo de mi fin y de mi pareja. Porque en unas 3 o 4 horas, esta suerte de fiebre alfabeto-semántico-gramatical se expande y ataca el seno de las mejores familias.

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