Días de arena

»Por Damián González Bertolino

El balneario es la cancha donde se juega el partido del verano. Si la ciudad es un centro, la salida al balneario es el inicio de la excentricidad. Para algunos la excentricidad puede ser tomar sol desnudos de una vez por todas; para otros, leer de un tirón En busca del tiempo perdido de Proust. Cada cual con lo suyo. ¿Pero qué pasa con los que viven en el balneario, para quienes ese lugar es un centro? Algunos quieren plegarse a las excentricidades de los que llegan, y lo logran; otros no y caen en el patetismo.

En mi caso, nací y viví la mayor parte de mi vida en Punta del Este. ¿Qué tiene para ofrecerme Punta del Este en verano, a mí, que lo conozco de todo el año? Bueno, el verano en Punta del Este tiene de todo, de lo bueno y de lo malo. Tiene antítesis sorprendentes, como la proximidad de un asentamiento -el barrio Kennedy- instalado casi al lado del hoyo 12 del club de golf del Cantegril Country Club.

Punta del Este, en verano, es probablemente el lugar más extraordinario del país. ¿Qué cosas no pueden pasar allí que no puedan estar en La dolce vita, de Fellini? ¿Recuerdos? Cuando niño, recuerdo un escándalo en una mansión cerca de casa -en el barrio Kennedy, aclaremos-. Una turista algo famosa y europea se paseó desnuda y con sus joyas por el jardín. Los periodistas se amontonaron contra los cercos de ligustro mientras esquivaban las pelotitas de golf. Mi padre tenía un bar… Astor Piazzolla entraba de mañana y saludaba. No tomaba. Años después… decenas de hombres tiran abajo un quincho o algo parecido, en un parador, persiguiendo la sensación de tocarle una teta a Pamela Anderson. Para los lugareños que ven su lugar en la televisión, el verano, en vez de amplificarse, experimenta una reducción. En esa reducción puede caber todo. Una cosa puede llevar a la otra. No hay distinciones.

Mis eventos favoritos son dos. Dirán que estoy rematadamente mal de la cabeza. Pero eso es Punta del Este. Ni más, ni menos. El primero es el Festival de Jazz. Sofisticación, alto nivel. El segundo son las fanfarrias del peluquero más famoso del Río de la Plata.

El desfile de Roberto Giordano. Siempre trato de verlo, en la tele. Aparte de reír hasta las lágrimas, el evento se me figura una especie de repliegue autorreferencial del verano. Como si el verano de Punta del Este hablara de sí mismo, resultando un discurso irónico, desproporcionado, hecho con la conjunción de fenómenos como la frivolidad, el paisaje, la moda, el sexo.

Al final, ¿qué es todo esto? Un puño que aprieta arena, o la arena que se pierde grano a grano en el caracol que forma el dedo meñique.

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