La magia del verano

»Por Facundo Ponde de León

Calor sofocante. Poca ropa. Vamos camino a la playa, uno de los lugares más contradictorios de la naturaleza. Porque en medio de la arena y el mar, en el tiempo que nos tomamos para descansar y no hacer nada termina siendo en el que hacemos la actividad humana más importante: reflexionar. He ahí la gran paradoja.

La tardecita suele ser el momento ideal del verano. La playa está un poco más tranquila, los rayos del sol ya no pegan fuerte y una leve brisa nos recorre el cuerpo. Estamos en la playa pero ya no estamos; nos fuimos mentalmente a planificar lo que tenemos que hacer: cambiar de trabajo, revelar un secreto, irse de viaje, anotarse al curso, decirle a las personas que queremos que las queremos, actuar, calmarnos. Alguien nos alcanza el mate y ahí volvemos a sentir la arena y el ruido de las olas. “¿En qué estabas?”, seguro te preguntan. “Nada, estaba pensando que…”. Ahí comienza una charla importante.

El verano se presta para pasar de la conversación más superficial a la más profunda en un santiamén. El sol va diciendo adiós en el horizonte mientras hablamos de lo que nos dejó el año y de lo que esperamos para los próximos días. Surgen ideas. El calor hace que en nuestra cabeza salten proyectos imposibles que parecen posibles: “voy a decirle para casarnos”/ “vamos a fundar un movimiento”/ “escribo el libro”/ “me voy”/ “me vuelvo”…

Una hipótesis para explicar esta paradoja veraniega es que estamos más livianos. El calor quita peso. No sólo porque no usamos buzos ni bufandas ni camperas, sino sobre todo porque también nos quitamos de encima la pesadez de la rutina, de los horarios. Nunca entendí la gente que se queda con el reloj durante la licencia; se pierden lo lindo que es, al menos durante unas semanas, guiarse por la luz natural. Ni qué decir de andar descalzo. Los primeros días duele un poco la planta de los pies, pero enseguida se acostumbra y se sienten los pies más livianos, más contentos de ser ellos los protagonistas y no los zapatos.

Una vez que nos quitamos de encima compromisos y horarios, la mente se siente más libre y empieza a andar sola, por caminos imprevisibles, explorando nuevas posibilidades de hacer que el año que empieza sea mejor que el que termina. Siempre se puede ajustar algún detalle para el tiempo que se viene. Siempre se puede dar una vuelta de tuerca. El verano es el mejor momento para ese ajuste. Livianos, jugando, bailando, riendo más. Apuntando los ojos al sol.

1 opinólogo dice que...
  1. Giovanna dijo:

    Hace mucho , tanto que no meacuerdo cuanto tiempo relamente , que no vivo eso y si lo vivi ya no lo recuerdo.
    La próxima vez lo tendré más que en cuenta.
    Gracias FACU .-

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