
»Invitada: Sofía Etcheverry
Palabras cruzadas. Me he vuelto adicta a ellas y las exprimo hasta completar la última casilla. Todo empezó en Castillos. 6 de enero. Esperaba el ómnibus para ir a Punta del Diablo a encontrarme con mi novio. ¿Dos horas de un limbo insoportable?
No, no me lo podía permitir. Salí de la terminal y me fui a caminar por ahí: la plaza, desierta, el teatro cerrado y alguna que otra vidriera de ese tipo de local que no entra en ningún rubro y que entra en todos -La tienda de Laura o Cosita´s- ofreciendo brochecitos, posavasos, escarpines, ondulines, monederos, floreros, vinchas, lápices mecánicos, colonias para las abuelas y el infaltable ejemplar de Benedetti o Galeano. Escaparates popurrí, multifacéticos, que son un poco más que mercería pero les falta para bazar. Entré a uno de estos altares de lo mundano, y el panorama no se volvió más organizado. Entiendo: son regalerías.
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»Por Marcos
A mis viejos les gustaba ir a Piriápolis. ¿Qué hay en Piriápolis? ¡Absolutamente nada! Un casino, el Cerro del Toro y el Pabellón de las Rosas. Y montones de porteños viejos.
Lo mejor eran las maquinitas. Me pasaba horas metido ahí, pero sin jugar ni una ficha. No me daban plata. La única vez que mi viejo me tiró 10 mangos para jugar, me encajó: “eso es lo que gano en todo un día de laburo”. Tomá nene, divertite. Tampoco me dejaron ir a ver Rambo II en el cine de Parque del Plata, porque era “fascista”. Pero me escapé y la vi igual. Aguante el imperio.
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»Invitado: Néstor Mir
Tres músicos y un hombre-cámara recorren las ciudades de Buenos Aires y de Montevideo en busca de los miembros de un grupo de rock del que se sabe poco y nada. El siguiente texto recopila fragmentos del “capítulo 3” del diario de Néstor Mir. Pueden encontrarse más datos de esta historia en la edición de diciembre y en el www.rioplatamusical.blogspot.com
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»Por Nicolás Fervenza
Si bien Jon McClure se autoproclama como el Manu Chao de Sheffield (Inglaterra), musicalmente se alinea con los artesanos de la canción británica contemporánea, como puede ser Ian Brown, o en su momento el mejor Pulp de Jarvis Cocker. Melodías pop absolutas, marcadas por certeros beats electro, e inyecciones de dub y funk cósmico. Aun así, el cerebro detrás de Reverend and the Makers tiene un fuerte impulso por escribir letras con un enérgico acento en lo político. Pero, y a diferencia del ex Mano Negra, se preocupa y protesta por su realidad más inmediata, por todo lo que pasa a su alrededor, se indigna con los problemas de la sociedad en la que interactúa, y con eso evita caer en la demagogia y el facilismo combativo. Su enfoque hacia las cuestiones sociales está mucho más en el tono de grandes canciones como “Common People” que a temas como “Sr. Matanza”.
El disco debut The state of things logró captar inmediatamente la atención de la prensa especializada, y se “coló” en los grandes festivales de verano europeos. En el Festival de Reading, por ejemplo, su show fue uno de los puntos altos (ver youtube.com Reverend and the makers Live at Reading). Por eso no sorprende que el mayor atractivo del disco sea la interpretación, el carisma con el que McClure canta y le da un sentido más profundo a sus, por momentos, simples y directos enunciados.
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»Por Riki Musso
Siento desilusionarlos: no me gustan las drogas. Aceptar estas cosas públicamente hoy día es una verdadera actitud punk, y puedo estar cavando mi propia fosa, pero es así. Y además no está TODO BIEN. No soy tolerante.
Me molesta mucho alternar con personas que están bajo los efectos de la cocaína. No hacen otra cosa que hablarme a dos centímetros de la cara sobre su estado alterado. Esta acción redundante suele ser muy latosa para el que le toca escuchar. Es una suerte de Gardel en el barco cantándole a un segundón que se limita a poner cara de circunstancia, sin interrumpir, pero con la diferencia que el tipo no es Gardel y la letra del tango es siempre la misma: “Estoy duro, no sabés cómo estoy de duro, porque yo… ¿entendés?… ¿te estoy jodiendo?… avisame, porque sabés que como estoy reduro ¿no?… disculpame, pero… es que me pongo pesado”. Esto dura unos veinte minutos, hasta que algo te salva de la situación.
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»Por Pedro Dalton
Juan Pablo llegó a su casa contento de que la madrugada aún era noche.
Lo esperaban un cuarto de whisky, cuatro cigarrillos y su cuaderno con tapas de cuero para escribir antes de dormir, como suele hacer todas las noches de la semana. Entre las rendijas de la persiana ve cómo la noche se hace clara escuchando Seventeen Seconds de The Cure, mientras escribe algún relato sencillo acerca de lo que no sucede.
En la puerta del edificio calculó, girando la llave, que le quedaban unos cuarenta minutos antes de que la claridad molesta se hiciera sentir. Y el tiempo le alcanzaba para escribir un cuento corto.
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»Invitada Marianella Morena
Él me contó que habían pasado Navidad juntos, y que no se habían acostado.
Cuatro meses después ella me cuenta lo mismo, y en el cuento relata: la sandalia me la comió el perro. Traté de imaginar la situación.
Una sandalia sola, desnuda, sin pie. Un pie desnudo, un cuerpo desnudo. Una sandalia nunca sería mordida y rota con el pie adentro. Mientras ella contaba otros detalles, yo no podía dejar de pensar en la sandalia sola, desnuda, como ellos dos. Y yo que me convertía en conocedora de las intimidades que no debía saber.
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