Noches montevideanas
»Por Loquillo
Vuelvo a España con el eco de mis pasos en calles que recuerdan a la Barcelona de mi adolescencia. Vuelvo ojeando un libro de arquitectura que me pone al día sobre la influencia de la Bauhaus en los edificios de Montevideo.
El libro me tiene atrapado, sin dormir, como me pasó unas noches antes, cuando por una cuestión de vuelos y luego de una noche mágica ante el público bonaerense que llenó el Niceto Club, una luz de primera hora terminó por vulnerar mis defensas ya bastante deterioradas por el cambio de horario y de estación al que no termino de acostumbrarme.
Cierro puertas y ventanas de mi habitación en Montevideo, del hotel situado en el barrio antiguo. Jose Lapuente no deja de llamarme para que atienda a la prensa. Espero la hora de la cena, porque Carlos Taran -nuestro hombre en Montevideo- ha prometido presentarme a Gabriel Peluffo, cantante de Los Buitres, junto a un nutrido grupo de periodistas, escritores y poetas, que me reciben con emoción contenida. Todos juntos daremos debida cuenta de un asado. Una ceremonia que se repetirá durante los días que dura nuestra presencia en la ciudad y que será tema de todo tipo de chascarrillos al respecto.
Paseo estival = mundos virtuales
»Por Enrique Aguerre
BABEL_ Instalación de los australianos Christopher Dodds (aka Mashup Islander), Adam Nash (aka Adam Ramona) y Justin Clemens (aka S1 Gausman). Utilizando como metáfora la famosa Torre de Babel convierten la palabra dicha en torres caóticas de letras 3D –a través de un software de reconocimiento de voz- legitimando a Second Life como un espacio de arte más con el cual contar.
LATIDOS_ El artista mexicano Rafael Lozano-Hemmer captura el latido de tu corazón en su instalación “Almacén de corazonadas”. Enciende con tu propio latido una pequeña lámpara de luz incandescente, de un conjunto de 100 lámparas: cada una de ellas encendidas con el latido de los últimos 100 visitantes.
Puerto
»Invitado: Pablo Krantz
El puerto, junto a los bancos de arena, donde los chicos del verano traen a sus chicas japonesas, y los perros de la escollera hurgan entre los agujeros rebuscando comida. Ey, gatito negro que estás ahí, muy quietito, entre los despojos de una proa: ¡mejor que corras!
Un tipo que pasa canturreando, con un collar de mejillones y el pelo muy engominado, trata de llevar a la orilla a una chica friolenta, envuelta en mil ropajes de lana. Ella se niega, espantada, pero él insiste, suda, susurra:
Días de arena
»Por Damián González Bertolino
El balneario es la cancha donde se juega el partido del verano. Si la ciudad es un centro, la salida al balneario es el inicio de la excentricidad. Para algunos la excentricidad puede ser tomar sol desnudos de una vez por todas; para otros, leer de un tirón En busca del tiempo perdido de Proust. Cada cual con lo suyo. ¿Pero qué pasa con los que viven en el balneario, para quienes ese lugar es un centro? Algunos quieren plegarse a las excentricidades de los que llegan, y lo logran; otros no y caen en el patetismo.
En mi caso, nací y viví la mayor parte de mi vida en Punta del Este. ¿Qué tiene para ofrecerme Punta del Este en verano, a mí, que lo conozco de todo el año? Bueno, el verano en Punta del Este tiene de todo, de lo bueno y de lo malo. Tiene antítesis sorprendentes, como la proximidad de un asentamiento -el barrio Kennedy- instalado casi al lado del hoyo 12 del club de golf del Cantegril Country Club.
Abierto veinticuatro horas
»Invitado: Rulfo
“24 hrs. a la vista” tiene como parámetro esencial la realización de proyectos cuya duración sea un día completo. Desde que se comienza a armar hasta que se quita el último clavo. Esta segunda edición contó con algunas modificaciones, o mejor dicho suplementos, a la iniciativa del año anterior. Entre otras cosas, se anexó el seguimiento curatorial a los proyectos presentados y seleccionados. Se entendieron estos como punto de partida hacia un producto que reuniera una coherencia con ciertas nociones preestablecidas: lo temporal (las 24 hrs.), el lugar de exposición (la vidriera), y una reflexión sobre ese mismo lugar como intersección simbólica, como lugar donde se cruzan distintos tipos de miradas. Desde el inicio del llamado se partió de la noción de ‘dislocación’, que nos permitiera reflexionar desde distintos ángulos sobre un concepto que consideramos protagónico dentro del campo del arte contemporáneo. Es un término ciertamente contradictorio, pues una dislocación no es algo deseado ya que inutiliza una parte del cuerpo. Pero como consecuencia produce el uso de su par (por ejemplo: el otro brazo), produciendo un ejercicio de este y una educación de una función antes relegada al otro.
Historia de la masturbación
»Por Andrea Blanqué
Un libro de 500 páginas de letra pequeña, lleno de notas e ilustrado, puede ser tu lectura ideal para la estación más hedonista del año. Se trata de Sexo solitario, una historia cultural de la masturbación, un recorrido por el autoerotismo desde los griegos y la Biblia hasta el siglo XXI.
La hipótesis central de Thomas Laqueur es que, si bien la masturbación se practicó desde tiempos remotos, se convirtió en la vedette de todos los vicios en el Siglo de las Luces, en el siglo XVIII. El desencadenante de tal maldición sobre esta práctica tan común y extendida habría sido un librito, un panfleto que circuló en las tabernas de Londres y que pronto se convirtió en un avasallante best-seller. Aunque su autor era anónimo, su título no dejaba lugar a dudas sobre la condena al autoerotismo: “Onania; o El atroz pecado de la autopolución y sus terribles consecuencias, indagado en ambos SEXOS, con consejos espirituales y físicos para aquellos que se han dañado con esta abominable práctica”.
Nostalgia prestada
»Por Sebastián Auyanet
2007 fue el año en el que muchos quisimos tener el DeLorian y estacionar en el verano de 1967. Los menos ambiciosos volvieron dos horas a los ochenta, en un estadio de Buenos Aires, y fueron felices. The Who, Beatles, sixties… pero, ¿por qué sentirse así con apenas 25 años?
Hacía tiempo que venía pensándolo, pero me cayó la ficha, ahí mismo, en pleno concierto de Soda Stéreo. No bastaba con estar en una platea viendo y escuchando de lejos. Sentí que debía estar todavía más adentro de esa burbuja ochentera que cantaba “Picnic en el 4°B”. Tenía que bajar a la cancha.
En medio de las negociaciones con los de seguridad, observo a una pareja que me lleva, fácil, veinte años, y baila como cualquier padre nuestro en una fiesta de quince o casamiento. Algo me hace ruido en la cabeza: la sensación de estar robando algo. Ya en la cancha, camino en el pasto, y me encuentro –vaya sorpresa- con que la mayoría de gente que hace pogo tiene mi edad, o es aún más chica. Los verdaderos nostalgiosos estaban en la tribuna.










