Sandalia de navidad
»Invitada Marianella Morena
Él me contó que habían pasado Navidad juntos, y que no se habían acostado.
Cuatro meses después ella me cuenta lo mismo, y en el cuento relata: la sandalia me la comió el perro. Traté de imaginar la situación.
Una sandalia sola, desnuda, sin pie. Un pie desnudo, un cuerpo desnudo. Una sandalia nunca sería mordida y rota con el pie adentro. Mientras ella contaba otros detalles, yo no podía dejar de pensar en la sandalia sola, desnuda, como ellos dos. Y yo que me convertía en conocedora de las intimidades que no debía saber.
Saberlo no me hizo más feliz, ni más triste, ni me dio un estatuto nuevo. Ahí pensé que hay conocimientos que pertenecen a otra dimensión. Quizá a la soledad, desde donde venía el relato, una sandalia y la Navidad.
La Navidad tiene ese encanto que debe saborearse. Traté de recordar la siesta de Navidad de ellos y la mía. La mía rodeada de tías y primas que se reían con los restos de alcohol de la noche anterior y los platos que no paraban de llenarse y vaciarse, así como las bocas y las risas que no permitían una comilona continuada. Mi boca y la de las otras mujeres, porque éramos todas mujeres, no paraba de tener actividad, salvo la erótica, y pensé en sus bocas, en la actividad que ellos tendrían en la misma siesta con sus bocas distintas y sus actividades distintas en esa tarde de Navidad.
La sandalia quedó como el objeto que mantiene el recuerdo. La imagen que mantengo de mi siesta es la de un escándalo ingenuo.
Nunca los relatos pueden unirse o atarse, o intentar una convivencia, sólo en las proyecciones dramáticas pueden estar uno al lado del otro sin que las pasiones hagan lo suyo.
Aun así, hay quienes se atreven a decir que la falta de lógica interrumpe cualquier comprensión.

