Noches montevideanas
»Por Loquillo
Vuelvo a España con el eco de mis pasos en calles que recuerdan a la Barcelona de mi adolescencia. Vuelvo ojeando un libro de arquitectura que me pone al día sobre la influencia de la Bauhaus en los edificios de Montevideo.
El libro me tiene atrapado, sin dormir, como me pasó unas noches antes, cuando por una cuestión de vuelos y luego de una noche mágica ante el público bonaerense que llenó el Niceto Club, una luz de primera hora terminó por vulnerar mis defensas ya bastante deterioradas por el cambio de horario y de estación al que no termino de acostumbrarme.
Cierro puertas y ventanas de mi habitación en Montevideo, del hotel situado en el barrio antiguo. Jose Lapuente no deja de llamarme para que atienda a la prensa. Espero la hora de la cena, porque Carlos Taran -nuestro hombre en Montevideo- ha prometido presentarme a Gabriel Peluffo, cantante de Los Buitres, junto a un nutrido grupo de periodistas, escritores y poetas, que me reciben con emoción contenida. Todos juntos daremos debida cuenta de un asado. Una ceremonia que se repetirá durante los días que dura nuestra presencia en la ciudad y que será tema de todo tipo de chascarrillos al respecto.
Cruzo la mirada con Gabriel. Al instante adivino que es hombre de mirada limpia y que es de fiar, una intuición que solo se aprende con treinta años de carretera. Pronto la conversación deriva en tertulia. Todos participan, al tiempo que hace su entrada el resto de la banda, y tras un breve saludo caen sobre el asado como los depredadores que son.
Levantamos el campamento para dirigirnos a la fiesta del sello Contrapedal, de nuestro amigo Gabriel Turielle. Tocan bandas a un volumen que en mi ciudad ya hubiera sido causa de clausura del local.
Un público muy joven nos hace sentirnos fuera de tiempo, así que con Gabriel decidimos abandonar el local y buscar un lugar más tranquilo. La brisa nocturna nos redime y entre trago y trago hablamos del pasado, de nuestros comienzos. Me sorprende cómo el rock and roll español ha influenciado a toda una generación de músicos uruguayos. Del concepto del rock como símbolo de libertad durante las dictaduras. De la invasión de los artistas prefabricados que nos llega de Miami. De las diferencias con el rock argentino. De Susana Rinaldi. De Gardel. Del sentimiento rioplatense. Y claro, del “Cadillac Solitario”.
Le hablo de la situación del rock and roll en España, de cómo ha sido excluido de emisoras comerciales en beneficio de la música anglosajona y del pop más anodino que es controlado por corporaciones mediáticas. Cerramos la noche con un abrazo y pienso que la vida no deja de sorprenderme.
Una limusina me recoge en el hotel, rumbo al escenario del festival de la X. Atravesamos Montevideo y alguien señala con el dedo la calle donde vive el gran Mario Benedetti: “Obedecer a ciegas deja ciego/ crecemos solamente en la osadía”.
El camerino es un trasiego de emociones contenidas. Vestidos con nuestro look de poetas románticos venidos a más, observamos la actuación de Buitres, que ante un océano de brazos moviéndose al compás de sus temas ponen el listón muy alto a nuestra presentación en Uruguay.
Sabemos que viene gente de todo el país y que un nutrido grupo de fans viaja desde Argentina. Cerramos el festival. Todo un lujo. Todo está preparado. Los técnicos en sus puestos. Se va dar la orden de sintonía, pero lo que escuchamos es un estruendo que nos paraliza. De repente una cortina de agua cae sobre nosotros, inundando en pocos minutos el recinto y terminando con las esperanzas de meses de trabajo de una organización que comparte con nosotros la incertidumbre. Solo queda darse a la bebida y conversar. Gabriel y yo nos miramos. El sueño de compartir escenario en “Cadillac solitario” se esfuma.
No hay peor sensación que llegar al hotel sin haber descargado toda la adrenalina. Una situación solo comparable con el sexo. Decido salir y perderme por las calles y locales del barrio antiguo. Los vampiros somos así.
Al día siguiente el verano decide mostrarse con todo su esplendor. Yo esperaba amanecer frente al Cantábrico, en un día nublado, perfecto para una resaca, pero no es así. Igor Paskual y Jaime Stinus cruzan el umbral de mi habitación. Realizamos la primera escucha de nuestro nuevo trabajo discográfico: Balmoral. Se debaten detalles y perfilamos el orden de las canciones. Se acaba el whisky. Y el tabaco. Un clásico.
Al día siguiente, unos tipos vestidos de negro aparcan sus culos frente a la pared del hotel. Muy pronto un grupo de fans se lanza a la conquista de un autógrafo después de reconocer a Gabriel y José Rambao. En el mismo instante que una vieja foto de un Zeppelín sobrevolando el cielo de Montevideo me transporta a otro tiempo, a otro lugar.
Nos dirigimos al viejo mercado. Durante la comida, Jose Lapuente recibe la llamada de Carlos García Rubio, capo del festival X. Estamos invitados a cenar con él… lo de siempre.
Le pido a Carlos Taran una bandera de Uruguay como recuerdo de la noche. Él todavía no sabe que guardo para él una enseña de la república española, en memoria de los exiliados españoles durante la guerra civil. Pronto convertimos la noche en un acto más allá del protocolo. Resulta mágico. Las fotos se suceden y tras varias horas de cháchara el resto levanta el vuelo, dejándonos a Gabriel, Jose y un servidor el placer de cerrar el restaurante.
Es tarde. Decido pasear por las calles de Montevideo, ya muy lejos de la frustración que significa no haber podido actuar en el festival. Me siento un privilegiado. Todo el mundo se ha portado con una generosidad poco común en este negocio. Se me escapa una sonrisa de satisfacción.
Voy rumbo al hotel. El silencio apenas se perturba con mis pasos, que resuenan en la noche.


Qué fenómeno este loco, con un 10% de su locura a mí me llamarían cuerdo
No sabia la suspención del concierto de Loquillo en Uruguay. Debe haber sido muy lamentable para sus fans. Esperemos se pueda brindar en otra ocasión.