Mil novecientos noventa y tres
»Invitada: Javiera Mena
Uno de los mejores veranos que recuerdo fue en 1993, en el campo de Peñaflor, a las afueras de Santiago, cuando ya todo es puro verde. Mis papás me dejaron ahí con mi hermano. En un principio no queríamos quedarnos, pero lo hicimos medio como obligados. El tío nos hacía trabajar en cosas de campo, como limpiar el gallinero o encerar la casa.
Como contrapartida, andábamos con mis primos en una divertida pandilla. Éramos como ocho, cada uno en una bicicleta. Todos acompañados por unos doce perros que habitaban el fundo. Yo formaba parte de una sección de mujeres preadolescentes. Teníamos nuestro momento de aislarnos del resto a hablar cosas de niñas, aunque mi prima más chica siempre nos seguía y mis tíos nos obligaban a estar con ella. El drama era arrancarnos de ella sin que llorara.
En el campo había grandes construcciones antiguas que en algún momento fueron útiles molinos. En el techo de una de estas construcciones íbamos con mis dos primas y nos pasábamos toda la tarde cantando canciones de Pandora, Shakira en su primera etapa, Laura Pausini y Ace of Base. Nos sentíamos estrellas pop en un gran escenario gigante. Los prados, la cordillera de la costa y las plantaciones de verduras eran nuestro público. Lo que hizo que se nos ocurriera cantar para entretenernos fueron tres fierros largos que nos quedaban justo a la altura de la boca. Eran nuestros tres micrófonos.
Cuando mis papás nos fueron a buscar, cada sección de la pandilla hizo un número artístico para ellos y mis tíos. Las chicas hacíamos el meddley de Pandora y un esquema bailado de “Rivers of Babylon” de Boney M. Los chicos se disfrazaban de Locomía y contaban chistes.
Siempre voy a este campo y creo que 1993 fue uno de los años más importantes. Fue el año que me atreví a cantar, por la casualidad de que los fierros fueran como micrófonos. Gracias a ellos pude darme cuenta lo mucho que me gustaba hacerlo. Ahí, con mis primas, en medio del campo.

