La naranja
»Por Gustaf
Un verano comprobé que la vida puede llegar a ser maravillosa para cualquiera. Caminaba por la playa. Hacía frío. No había nadie en la costa. Sólo un pescador y su mujer acompañándolo. Ella aguantaba valiente que el estúpido sacara algún pescado. Me llamó la atención.
Estaba sentada en una sillita playera. Pelaba una naranja que sacó de un táper. La pelaba con estilo. Con un cuchillito tipo serrucho. Tramontina. Su cuerpo se meneaba demasiado en esa intrascendente acción. Era una cachonda. Tendría unos cuarenta años. Ese cuerpo hablaba. Pedía algo.
Se adivinaban las horas de hastío que soportaba acompañando a ese hombre que sostenía la caña de pescar, porque estaba con un hombre que lo único que le importaba en la vida era sacar una mongólica sardina enganchada de una encía. Sin duda que estaba podrida de estar ahí. Aburrimiento. Si sos mujer, ningún hombre tiene derecho a aburrirte. No permitas que ningún inepto te lleve a sus juegos. No permitas que te aburra. Una mujer aburrida es una mujer que no está.
El pescador seguía metido en el mar. Muy lejos de la orilla y de su hembra. Él sólo miraba hacia adelante, esperando el pescadito salvador, mientras alguna música barata sonaba en sus auriculares.
Me acerqué a la mujer hasta quedar a unos pocos centímetros. Ella, sentadita en la silla playera, me llegaba perfectamente a la cintura. No hubo palabras. Solo miradas. Los dos sabíamos lo que queríamos. No me pregunten por qué, pero pelé la anguila. Yo no la tengo larga. La tengo gruesa. Ella dejó la naranja y el cuchillito en la arena. Se limpió las manos y la boca con un repasador. Me la agarró con una mano. Sin soltarla se la metió en la boca. Toda. La agitó y succionó con ritmo y velocidad mientras “relojeaba” al pescador.
Lo hizo perfecto. No emití sonido alguno, aunque igual nadie me hubiese escuchado. Con admirable maldad aceleró en el momento preciso. Sin soltarla ni sacarla de adentro me hizo dejarle todo. Le ofrendé una aguaviva. Fue corto, rápido y exquisito. Con la boca llena y cerrada me sonrió para luego regalarme la naranja. Generosidad. Tragó. Bondad.
Guardé mi humilde tararira. Ella tomó otra naranja. Siguió su rutina. Silencio y basta. El pescador seguía donde siempre. No se percató de nada. Caminé lento por la orilla hasta que los perdí de vista. Después me dejé caer en la arena. Contemplé el atardecer. Me sentía feliz mientras chupaba esa naranja.
Mientras, pensaba que nunca sería pescador. No me gusta esperar. Esperar es muerte. Ese verano comprobé que la vida puede llegar a ser maravillosa para cualquier estúpido como yo. Y concluí que en verano es preferible chupar una naranja, obtenida de esa forma, antes que matar el tiempo leyendo una revista porteña con una foto de Bernardo Neustadt a quien se le escapa un huevo.

