Flashes rescatados (*)
»Por Tabaré Couto
verano setentas. El círculo del alma de un niño de cuatro años es tan frágil y sabio que se abre despacito y acomoda su dolor para explotar años después, como una bomba que esparce fragmentos de vidrio quebradizo y se desliza entre los huecos del recuerdo, hiriéndolo, atacándolo sin piedad entre los huesos de cada diciembre estival. El ciclo de la pérdida nunca se cierra sin que ella diga adiós, sin que él pueda abrazar a su hijo y llorar, sin que el niño pueda escuchar la voz de Mary, fugaz. Aunque no quiera huir, nunca tendrá retorno a sus viajes de amor imposible, pedazos del alma partida.
verano soledad. Me apoyaba cansinamente en la lapicera, escribiendo azul sobre blanco, oyendo sonar un armónica y al Jefe cantar I saw her standin’ on her front lawn just twirlin’ her baton. Ya no colecciono pomos de carnaval. Ni como chocolondos. Ni vendrá el Caballero Rojo a rescatarnos del mal. Maldita melancolía. Fútbol de liguilla, cervezas, mochilas, viajes a dedo por Brasil, porros, masturbación y pastillas para el asma. Maldito clima. Demasiado verano para tanta soledad.
verano fatal. Recuerdo sus ojos pequeños y asustados. Su inmóvil masa corporal. Su frente helada. Su sudor cálido de enero congelado. Su barba de tres días seca. Su mentón apoyado en su pecho quieto. Y sus palabras de auxilio: Me voy.
Recuerdo su sonrisa y su delirio triste. Su malhumor y su apetito letal que le llevó a engullirse treinta y dos naranjas, luego de pelarlas una por una. Su amor y su nostalgia, sus carteles hechos en piedra laja o en pedazos de lata, colgados del parral y con los nombres de los integrantes de su familia, uno por uno. Sus memorias entreveradas por la arteriosclerosis y el tablón que se quebró, en 1930, bajo sus pies, cuando comenzaba el primer campeonato mundial. El verano no está hecho para cortejos fúnebres, pienso. Haré todo lo posible por morir en invierno o una tarde otoñal.
verano amor Ella, mi amor de verano eterno, a pesar de mis tormentas y mis inviernos, dijo que sí. Estábamos en la rambla frente a un río silencioso. Soy un completo incompleto, incompleto por amor, dice la canción. Mucho después, la luna está oscureciéndose hacia arriba. Y el verano soplando suspiros. Nicolás está en la panza de su madre flotando como un astronauta diminuto, jugando con las burbujas de la vida. Unos eneros más tarde, Natalia abre su boquita de algodón y disfruta junto a su hermano del placer de no tener que entender lo que ocurre a su alrededor y yo puedo sobrevivir a la nostalgia sin tener que desear, desesperadamente, que la primavera muera para que todo vuelva a comenzar.
(*) de una (improbable) autobiografía veraniega

