Los veranos de mi vida

»Por Kira

De niña siempre quería que llegaran las vacaciones para dejar de ir a la escuela y porque sabía que tenía tres meses para jugar con mis amigos prácticamente las veinticuatro horas del día. Si durante el año tenía prohibida la salida a la calle, porque en mi barrio había muchos varones y casi todos eran niños “malos”, a los que yo quería mucho, en el verano mis padres no ponían objeciones para que también me volviera “pandillera”.

No iba a la playa. No tenía la necesidad porque el cemento ardiente de Montevideo, en enero, me resultaba más atractivo. O no hacía tanto calor, o no lo sentía, pero lo cierto es que las atracciones de mis veranos pasaban lejos de la arena y el mar.

El tiempo pasó, crecí, me mudé, y se me ocurrió tener un novio, un novio que me duró hasta diciembre, porque a fin de año armó el bolso y se fue de vacaciones –como lo hacía siempre- a la casa del abuelo donde veraneaba cada año desde que tenía uso de razón. Ese verano me sentí Penélope. Él volvió, pero el calor había derretido y hecho desaparecer todo ese supuesto “amor” que nos teníamos.

Descubrí las vacaciones en la playa cuando estaba terminando el liceo y me puse otra vez de novia. Digamos que para alguien tan insegura y con tanta falta de confianza en sí misma, como yo, era obvio que solamente me expondría al mundo casi desnuda cuando hubiera una persona al lado que me hubiera elegido con todos mis defectos. Por suerte el día que perdí a ese novio no perdí la seguridad, y seguí yendo de vacaciones, pero desde ese momento con amigas.

Reconozco que al principio fui una más de esos tantos inconscientes que se acuestan al rayo de sol a las doce del mediodía. Los primeros años mi objetivo era broncearme, quedar negra – aún sabiendo que tengo la piel casi tan blanca como la de Andrea del Boca-, y entonces probaba con el factor 4 color zanahoria. Las consecuencias eran siempre las mismas: quedaba roja, me salía todo un sarpullido en la piel, me hinchaba –al punto de parecer un globo a punto de explotar- y me pelaba casi instantemente.

Sobreviví gracias a las personas que estaban conmigo y cada noche salían a robar aloe de los jardines ajenos para después empapelar mi cuerpo con ellos, y que pasaban las horas poniéndome paños de agua fría que parecían fritarse sobre la piel. Al final de cuentas, no quedó más remedio que tomar conciencia: bajar a la playa protegida y en horario de viejos, o me quedarían pocos veranos para disfrutar con vida.

Ahora mismo estoy lejos de casa, con un grupo de personas a quienes no conozco. Decidí correr este riesgo para probar y porque todavía estoy a tiempo de encontrarle otro gusto al verano. Espero que no me “nominen” ni me “expulsen”. Espero seguir estando siempre afuera, cuando llega enero, porque con los años el cemento ardiente de Montevideo sí que se me hizo insoportable.

1 opinólogo dice que...
  1. lola dijo:

    jajajajaj BRUTALLLLL !!!! y muy realllll !!! jajajaj

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