
»Por Tabaré Couto
verano setentas. El círculo del alma de un niño de cuatro años es tan frágil y sabio que se abre despacito y acomoda su dolor para explotar años después, como una bomba que esparce fragmentos de vidrio quebradizo y se desliza entre los huecos del recuerdo, hiriéndolo, atacándolo sin piedad entre los huesos de cada diciembre estival. El ciclo de la pérdida nunca se cierra sin que ella diga adiós, sin que él pueda abrazar a su hijo y llorar, sin que el niño pueda escuchar la voz de Mary, fugaz. Aunque no quiera huir, nunca tendrá retorno a sus viajes de amor imposible, pedazos del alma partida.
verano soledad. Me apoyaba cansinamente en la lapicera, escribiendo azul sobre blanco, oyendo sonar un armónica y al Jefe cantar I saw her standin’ on her front lawn just twirlin’ her baton. Ya no colecciono pomos de carnaval. Ni como chocolondos. Ni vendrá el Caballero Rojo a rescatarnos del mal. Maldita melancolía. Fútbol de liguilla, cervezas, mochilas, viajes a dedo por Brasil, porros, masturbación y pastillas para el asma. Maldito clima. Demasiado verano para tanta soledad.
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»Por Alberto Fuguet
Me gusta esta foto. Es veraniega. Evoca mil veranos, aunque claro, no he tenido mil veranos y no los tendré y ya no me interesan tanto los veranos, quizás no los disfruto, hace demasiado calor, la luz del mediodía es horrible, no soy o ya no soy un tipo playero, un tipo que amanece tumbado, raja, en una playa de Río. Además, no soy de los que veranee o necesariamente huya del verano capitalino para ir, no sé, a disfrutar del mar y “la movida” de Punta del Este o Viña del Mar, para que me miren y mirar, o aislarse en enclaves cuicos, chetas, fresas, donde los ricos de los países pobres se aíslan, sean del lado político que sean, porque al final, los ricos son distintos y se conocen entre ellos y se broncean del mismo modo: con cremas importadas y pegajosas de aloe.
Sigo: lo que más me gusta del verano, del verano chileno, sobre todo del santiaguino, es que pasadas las nueve de la noche, el calor que te mataba, baja. Disminuye, se escapa, se retira. Refresca. Me gusta el ruido de la gente regando en mi barrio de noche. Me gusta eso de tener que salir preparado porque, por mucho que hicieron 33-34 y hasta 35, sabes que al final tipo dos am, hará menos de 15 grados y sentirás frío y nunca estarás transpirando bajo la luz de la luna.
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»Por Gustaf
Un verano comprobé que la vida puede llegar a ser maravillosa para cualquiera. Caminaba por la playa. Hacía frío. No había nadie en la costa. Sólo un pescador y su mujer acompañándolo. Ella aguantaba valiente que el estúpido sacara algún pescado. Me llamó la atención.
Estaba sentada en una sillita playera. Pelaba una naranja que sacó de un táper. La pelaba con estilo. Con un cuchillito tipo serrucho. Tramontina. Su cuerpo se meneaba demasiado en esa intrascendente acción. Era una cachonda. Tendría unos cuarenta años. Ese cuerpo hablaba. Pedía algo.
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»Por Javier Abreu
Sr. Editor: no sabe cómo se me dificulta el asunto “Historia del Arte de verano”, dado que nunca fui un nene del Polonio. No por cuestiones ideológicas, sino porque me niego a exhibir en público este cuerpito simple y frágil que Dios me dio. No me falta autoestima, lo puede verificar llamando a mi analista, que él sí tiene baja estima, pero tengo un mínimo de autocrítica y no me parece justo castigar a las masas veraneantes a tan desagradable imagen.
También está el tema de los accesorios. Siempre estoy delayed. Me quedé en el short cortito cortito bien ochentoso, y las nuevas bermudas me impresionan con tanto logo y animé. Ni hablar de las pulseras flúo de space, piercing, aretes, gorros. Demasiado demasiado demasiado TU-MACH.
¡ASÍ QUE DE PLAYA, NADA!
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»Invitada: Javiera Mena
Uno de los mejores veranos que recuerdo fue en 1993, en el campo de Peñaflor, a las afueras de Santiago, cuando ya todo es puro verde. Mis papás me dejaron ahí con mi hermano. En un principio no queríamos quedarnos, pero lo hicimos medio como obligados. El tío nos hacía trabajar en cosas de campo, como limpiar el gallinero o encerar la casa.
Como contrapartida, andábamos con mis primos en una divertida pandilla. Éramos como ocho, cada uno en una bicicleta. Todos acompañados por unos doce perros que habitaban el fundo. Yo formaba parte de una sección de mujeres preadolescentes. Teníamos nuestro momento de aislarnos del resto a hablar cosas de niñas, aunque mi prima más chica siempre nos seguía y mis tíos nos obligaban a estar con ella. El drama era arrancarnos de ella sin que llorara.
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»Por Loquillo
Vuelvo a España con el eco de mis pasos en calles que recuerdan a la Barcelona de mi adolescencia. Vuelvo ojeando un libro de arquitectura que me pone al día sobre la influencia de la Bauhaus en los edificios de Montevideo.
El libro me tiene atrapado, sin dormir, como me pasó unas noches antes, cuando por una cuestión de vuelos y luego de una noche mágica ante el público bonaerense que llenó el Niceto Club, una luz de primera hora terminó por vulnerar mis defensas ya bastante deterioradas por el cambio de horario y de estación al que no termino de acostumbrarme.
Cierro puertas y ventanas de mi habitación en Montevideo, del hotel situado en el barrio antiguo. Jose Lapuente no deja de llamarme para que atienda a la prensa. Espero la hora de la cena, porque Carlos Taran -nuestro hombre en Montevideo- ha prometido presentarme a Gabriel Peluffo, cantante de Los Buitres, junto a un nutrido grupo de periodistas, escritores y poetas, que me reciben con emoción contenida. Todos juntos daremos debida cuenta de un asado. Una ceremonia que se repetirá durante los días que dura nuestra presencia en la ciudad y que será tema de todo tipo de chascarrillos al respecto.
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