Derretimiento
»Invitado: Daniel Mella
[Recuerdo, con una mezcla de emociones, la última vez que tuve un cuerpo moribundo entre manos. Fue hace cerca de seis o siete años. Recuerdo detalles que ahora me parecen absurdos, y a veces hasta llego a pensar que son producto de la ficción que el tiempo instala en nuestras cabezas]
Era de noche y yo subía las escaleras con una bolsa del almacén. Era mi voz quejosa la que retumbaba, o mis pasos, o la voz de otro; pero se trataba de un sonido grave y tan atronador que no me permitió escuchar los finos gemidos de Adela, una mujer gorda que se había mudado sola hacía menos de un mes y que ahora estaba tirada en un entrepiso al final de la escalera. Me arrodillé a su lado y le examiné las piernas, entre palabras de agradecimiento y auxilio que ella mezclaba, hipando. Tenía la pierna derecha quebrada, a la altura de la rodilla. La ayudé a subir los dos pisos hasta mi apartamento, tuve que cargarla, y ésa fue mi última demostración de fuerza. Enseguida de haberla dejado recostada en el sofá, me acometió una inmensa fatiga, decidida a instalarse en la profundidad de mi cuerpo para siempre. Me sostuve de lo que tenía a mano, descansé largos minutos pero no pude trasladarla a la cama. Por lo que pasó el resto de sus días tumbada en aquel sofá.
Adela era pelirroja, y la piel blanca y rolliza se le sonrojaba y amorataba con facilidad. Tenía cara de judía. Acostada en el sofá parecía aun más gorda; me impresionó de inmediato como una exageración de lo que todo ser humano debía ser. Recién había cumplido cincuenta años; me repugnó la indulgencia que emanaba de ella, ahora con más descaro, y cuando me enteré de su edad ese mismo día, me reí. Eso la tomó por sorpresa. Sus ojos verdes cambiaron; se comprimieron de miedo para luego ablandarse con resignación. Y supo que, desde ese preciso instante, había comenzado a morir.
Y yo decidí dejarla morir en paz. Más que cualquier otra cosa, me fascinaba la idea de que ella y yo fuéramos testigos de su lenta evolución hacia su propio final.
Sencillamente, no le daba de comer. No la violentaba de ninguna otra forma. Incluso, en algún punto de esas dos semanas, me recuerdo sentado a su lado y charlando animadamente de cosas. Ella me contó algo de su vida, y lo único que recuerdo es que, en efecto, era judía y había vivido siempre en la ciudad. Tengo la impresión de que pasé largas horas a su lado, y que a veces hasta la acompañé en el ayuno. Lo que no quiere decir que yo no experimentara un profundo placer al verle los ojos, la boca, el cuerpo entero gritar desesperado por alimento. No adelgazó tanto como yo esperaba, aunque se notaba que algunas partes de la piel, antes firmes y lisas, se le transformaban de a poco en colgajos arrugados.
A veces me miraba con ojos suplicantes, y con esa carga de resignación que sólo podía inspirar piedad; muchas veces me sentí a punto de ablandarme. Pero, a pesar de aquellos instantes de debilidad, con cada día que pasaba, me iba convenciendo más y más de que sería una verdadera ofensa que aquella caricatura grasienta volviera a pisar la calle. La veía, una gorda llena de bufidos y huesos esponjosos, hundida en los almohadones, y no servía para nada; ni para ella misma.
Hacía frío. Al principio pensé que lo mejor sería dejarla con la poca ropa que llevaba. Pero sus temblores eran tremendos, y pensé que eso sólo aceleraría el proceso; decidí cubrirla con sábanas y frazadas. Creo que me agradeció.
En todo ese tiempo, los días pasaban lentos, vivía en un estado estático, irracional, que casi no me dejaba dormir, y que se prolongaba desde que me levantaba bien temprano, hasta que inocente, terminado el día, esperaba volver a rendirme ante el sueño y el agotamiento.
Me sentía como un niño o un imbécil, con los regalos de navidad en la sala, impaciente por ir corriendo y abrirlos. Sólo que en este caso era mejor. El regalo estaba allí todos los días, y todos los días era un regalo diferente. El cuerpo cambiaba: su aspecto desmejoraba, el color, el olor, incluso los sonidos que de él emanaban sufrían variaciones cada vez más pronunciadas. Podía estar horas observándola. Tenía la sensación de que algo espectacular iba a pasar pronto, aunque no sabía bien qué era, y no me lo quería perder por nada del mundo. Casi no salía de casa; sólo para lo indispensable.
Ya hacia el final, la piel se le volvió amarilla, los labios, que de tanto en tanto yo humedecía con un dedo de agua estaban azulados y las extremidades violetas. Vomitó un líquido transparente y deliró en voz baja. Un día, estando yo sentado a su lado, observándola como un científico, intentando percibir en cada mínimo movimiento suyo algún secreto vedado para el resto de los hombres, ella recuperó por un instante la lucidez, y me preguntó, carraspeando, por qué hacía esto. No recuerdo qué fue lo que respondí. Sí recuerdo el calor en la cara, y el aire turbio, de paloma enferma, que me golpeó. Yo lloré, y ella se rió por última vez.
A la mañana siguiente, la encontré con la frazada tapándole la barbilla; uno de los rulos se le metía en la boca. El rostro largo y lleno de ángulos aparecía bilioso, obviamente muerto. Pasé horas, creo que días, pensando en cómo deshacerme de ese cuerpo.
Intenté arrastrarlo hasta la azotea, una noche de lluvia, pero yo ya no podía arrastrar ni un carrito de supermercado. Se me ocurrió cortarlo en pedazos y meterlo en bolsas de basura, pero no confiaba en mis fuerzas para esto tampoco, descontando el lío de sangre y bilis y huesos que se armaría en la sala. Le di mil vueltas en la cabeza pero no llegué a ninguna conclusión. Pensé también en contratar a alguno de los vagos del puerto para que se lo llevara a algún basurero o lo tirara en la bahía, pero nunca se sabe con estos hijos de puta. Un buen día, todo esto me dejó de preocupar.
Me despertó el fortísimo olor a podrido. Me levanté con náuseas, seguramente había estado respirando ese aire viciado la noche entera. Fui hasta la sala y el espectáculo me desagradó; el fino velo del sueño aún no se había retirado del todo, y eso contribuyó al impacto. La cara de Adela, que se había hinchado los primeros dos días siguientes a su muerte, ahora estaba flaca, como suspendida sobre los huesos, y exhibía extrañas manchas marrones. Supuse que de allí provenía el olor. Las toqué y tenían textura musgosa. No tardé en quitarle toda la ropa; rompí tres botones. Tenía el resto del cuerpo lleno de esos manchones. En la parte del abdomen y las piernas, eran más alargados y purulentos. Miré todo el conjunto. Esa cosa apestaba como nunca.
Link: Fragmento de Derretimiento, novela publicada originalmente por editorial Trilce y reeditada por la casa española Lengua de Trapo
Autor: Daniel Mella
Novedad: Acaba de publicarse Pogo, la primera novela de Mella, en edición revisada y definitiva que circula desde ahora en las mejores librerías de plaza.
Web: www.humeditor.com


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