Vasos comunicantes
»Invitado: Néstor Mir
Tres músicos y un hombre-cámara recorren las ciudades de Buenos Aires y de Montevideo en busca de los miembros de un grupo de rock del que se sabe poco y nada. Las indagaciones empiezan en Valencia. Desde allí Landete, Néstor, Dani y Álex se ponen en marcha para sentar las bases de una investigación muy particular. El siguiente texto recopila fragmentos del “capítulo 2” del diario de Néstor Mir, del que tendremos más novedades en las próximas ediciones de la revista Freeway. Los cuatro personajes van desentrañando la fauna musical del underground rioplatense, siguiendo pistas para encontrar los rastros del mito de Los Suicidas. Pueden encontrarse más datos de esta divertida historia en www.freeway.com.uy y en el www.rioplatamusical.blogspot.com
»LOS SUICIDAS, capítulo 2
Buenos Aires, Argentina_agosto de 2007
Esteban, el trompetista de Mégaphone ou la Mort, me había pasado el e-mail de Pablo Dacal. Lo contacté y me dijo que si llegábamos el día 10 estaría bien que fuésemos a verlo tocar. Esa misma noche tenía montado un concierto en un local llamado Plasma.
Llegamos a Buenos Aires el 10 de agosto a las seis y media de la tarde. Dejamos las maletas en la habitación y nos fuimos a la sala de conciertos. Resultó no estar demasiado lejos del albergue, en la calle Piedras 1856. Nosotros estábamos en el 846. Pablo y los otros dos músicos con los que tocaba aquella noche, nos esperaban en un pequeño cuarto acondicionado como camerino, al lado del escenario. Nos presentó a Pablo De Caro (del grupo Mataplantas) y a Nacho Rodríguez (del grupo Doris). Sacamos la cámara y estuvimos charlando sobre la escena musical bonaerense. Sobre el porqué de aquella reunión de músicos de diferentes bandas en un concierto conjunto. Sobre cómo en el underground se estaba produciendo un intercambio de experiencias. Una voluntad de querer conocer qué era lo que está haciendo el otro. La curiosidad te hace llamar a tantas puertas como puedas, decían. Lo que encuentras suele estar bueno. Nos comentaron que todos ellos eran músicos que, a pesar de no llegar a los treinta, llevaban varios discos a sus espaldas. Nos comentaron que, cada cual, con sus respectivas bandas, autoeditaban sus discos. Cuando acabamos con la charla les comentamos la razón por la que habíamos viajado a Buenos Aires. Ni Pablo Dacal ni los otros músicos habían oído hablar de Los Suicidas.
Nos quedamos a ver el concierto. Nos gustó tanto la propuesta que decidimos grabar algunos temas. Al acabar el show felicitamos a los músicos. Comentaron que no llevaban mucho tiempo ensayando juntos. Nacho dijo que a la tarde siguiente tocaba en una galería de arte, con una banda que se llamaba Onda Vaga. “Vengan mañana. Les presentaré a los dueños. Y preguntaremos sobre Los Suicidas”.
El concierto de Onda Vaga fue muy instructivo. La formación estaba compuesta por cinco miembros. Todos ellos cantan consiguiendo un efecto coral envolvente. Tocan un par de guitarras españolas, un cajón, un trombón y un ukele. Su estilo, acústico, se acerca, a través de ritmos tribales y sincopados, al folk argentino en su vertiente más pop. Con letras que rozan el realismo mágico. Acabaron haciendo una versión de un tema de Calamaro.
Nacho nos presentó a los dueños de Galería Tosto, quienes explicaron cómo había nacido la galería y cómo, poco a poco, su propuesta había ido captando adeptos que acudían a los eventos que montaban. Ya fuesen actuaciones, exposiciones, o talleres.
Todo realizado desde una perspectiva alejada de los cauces normales del mercado. Manteniendo la independencia y la coherencia creativa. Buscando la calidad por encima de la cuestión puramente mercantil. Enmarcándose dentro de una filosofía vital arriesgada, emprendedora y aventurera. Nos gustó. Pensamos que aquella debía ser la filosofía de vida de Los Suicidas. Pero nos decepcionamos cuando nos dijeron que no sabían nada de ellos. Habíamos exprimido una pista que nos había llevado a ningún sitio. Al día siguiente teníamos concretada una entrevista con Ezequiel Acuña. Guardábamos la esperanza de que él pudiese decirnos algo.
El domingo por la tarde Ezequiel vino a buscarnos al hostal. En la calle Piedras. En pleno barrio de San Telmo. Quería llevarnos a un local de conciertos llamado El Nacional. Cuando llegamos aún era temprano, así que decidimos buscar un bar donde comer algo. A las seis de la tarde estábamos comenzando a comer en el Bar Mi Tío. En la calle Pendiente. Empanadas, pizzas, cervezas, algo de carne empanada y una ensaladita.
Landete, gran conocedor del mundo del cine, conocía a Ezequiel. Había visto todas sus películas y había coincidido con él en el Festival de Cine de Xixon. Durante la comida nos estuvo contando de sus películas Como un avión estrellado y Nadar solo.
Mientras comíamos oímos en la calle un follón de tambores. Los domingos la calle Pendientes se corta y se convierte en peatonal. A cierta hora un grupo de percusionistas y bailarines pasean por la calle contagiando su ritmo a los transeúntes. Muchos de ellos acaban por sumarse al desfile y recorren así el barrio de San Telmo. La calle, además de bullir de gente, estaba repleta de músicos callejeros. Cada uno con un estilo diferente. Yendo de lo clásico a lo popular. Pasando por el tango y llegando al folk. En Montevideo también nos toparíamos con este estilo que reconoce sus raíces en la música tradicional de candombe y carnavalera.
A las ocho abrió El Nacional. Cuando llegamos nos enteramos de que actuaba Aldo Benítez. Un músico que recuerda a Astrud en su puesta en escena. Musicalmente combina la electrónica con arreglos de guitarra oscuros, más cercanos de los Joy Division que de la alegría irónica de los españoles. Antes de que empezase el concierto entrevistamos a Ezequiel. Pedimos unas botellas de vino y comenzamos con la charla.
A Ezequiel, Los Suicidas le sonaban. Es más, los había oído. Había llegado a escuchar un par de canciones, en casa de un colega, del único disco que sacaron. Esto fue un punto que nos aclaró. Los Suicidas, que él supiese, sólo habían llegado a sacar un disco. Y además, si no recordaba mal, lo habían tenido que grabar en Montevideo.
También nos comentó que debíamos hablar con Mi Pequeña Muerte, grupo que había participado en su película Como un avión estrellado. Y con Santiago Tabernero, quien ha coprotagonizado sus dos películas. “Normalmente, nos dijo, no suelo contar lo que les voy a contar. De hecho, lo cuento aún a riesgo de que Santiago se enoje. Pero creo que deben saberlo. Yo mediaré para que les cuente todo lo que sabe sobre uno de los miembros de Los Suicidas”. Lo miramos sorprendidos, pero supimos enseguida que si queríamos sacar algo, debíamos hacerlo a su manera. Seguimos charlando de lo mucho que le impactaron las canciones de Los Suicidas cuando las oyó por primera vez, y de su nueva película.
Una vez acabado el concierto subió una mujer al escenario. Vendía empanadas y pastelillos. Era más de medianoche y volvíamos a tener hambre. Ezequiel dijo que se iba. Le dijimos que se acordase de concretar la entrevista. Quedamos en que mandaría un mail con la confirmación y el número de teléfono de Santiago. Estuvimos un rato tomando copas y comentando algunas cuestiones que debíamos dejar claras para el día siguiente. Teníamos que levantarnos pronto para tomar el ferry que nos llevaría a Montevideo.
Una vez que llegamos al hostal, nos pusimos a pasar los audios al disco duro, a cargar las baterías de las cámaras y a organizar las cintas. Esto se convirtió en el ritual nocturno. Llegáramos a la hora que llegáramos, teníamos que dejarlo todo preparado para que estuviese listo para la mañana siguiente. Y a la mañana siguiente nos esperaba una buena sorpresa.

