Año estacionario

»Por Flavio Lira

Fin de año. El calor y el cambio horario. Cosas que a mí, particularmente, me terminan por enloquecer. Para peor, es la época de los balances y listas. Generalmente amo hacer listas, pero este año fue un tanto flojo. Sólo si me esfuerzo muchísimo puedo llegar a juntar diez buenas películas. Entonces el impulso primario es salir gritando y perjurar que no hay una sola cosa buena que promover.

Fue un año malo en cuanto a estrenos. Muchas películas malas, prescindibles, pero, y sobre todo, muchas porquerías infladas. ¿Cuál es el patrón crítico para declarar a La reina, ese mamotreto televisivo en el cual la Reina Isabel es sólo una suegra media soreta pero que al final se vuelve canchera, una buena película? ¿Qué hace que la gente siga queriendo ver películas de Woody Allen, cuando lo único que puede ofrecer es algo tan flojo, bobalicón y predecible como Scoop? ¿Por qué el horrible díptico de Clint Eastwood sobre la guerra es más valorado que todas esas películas fantásticas que hizo en los noventa y que todos miraron con tanta desconfianza? ¿Y por qué se le dio importancia a algo tan intrascendente como La vida de los otros?

Hollywood nos inundó con cosas tan, pero tan repulsivas, que meten miedo. 300 y su mamotreto machista y fascista. Para colmo, ni siquiera estaba bien filmada. El hombre araña 3 fue una desilusión grave, teniendo en cuenta lo buena que era la segunda parte. Apocalypto fue el espectáculo incoherente del año. Un Mel Gibson puro y duro -que otros juzguen si eso es bueno o malo, yo hago mutis-. Y… Secretos íntimos, que se gana un premio al film más tramposo y moralista. Todo un logro.

Hubo cosas que sorprendieron. Inesperadamente. Al menos a mí. Nunca pensé que iba a ver una película de David Fincher sin tener un mínimo, escaso reparo. Pero Zodíaco es una película clásica, pausada y detallista. Y sé que voy a quedar como el hazmerreír del mundo, pero Duro de matar 4 fue, por lejos, una de las cosas más divertidas del año. ¡Aguante John McClane y su heroísmo añejo! ¡Internen a Woody en un geriátrico y que no filme nunca más!

Otras cosas no fueron tan sorprendentes, teniendo en cuenta de quienes venían. Black Book no sólo es una película amorosamente amoral y anti-ideología, sino que también es inteligente e incisiva como pocas. Los Simpsons: La Película logró algo impensado: no desilusionó a nadie, y es más, daban ganas de volverla a ver ni bien se salía de la función.

Mis películas Miss Simpatía -en el sentido de ser ligeras, adictivas y lindas, no de parecerse a Sandra Bullock- fueron Ligeramente embarazada, que logró el mejor retrato de personajes del año, a pesar de que muchos no se dieron cuenta y se quedaron ofendidos con los múltiples y muy graciosos chistes escatológicos, y Letra y música, de la que no puedo decir que sea una gran película, pero bueno, el videoclip de “Pop goes my heart” es demasiado genial.

No sé todavía qué opinar de películas como Borat, María Antonieta o Niños del hombre. La primera es graciosa y supuestamente provocativa, pero en realidad es un sketch de Tinelli un poco mejor hecho, con su ética igual de dudosa. La tercera película de Sofia Coppola es un dechado de dudas, pero visualmente es lo más hermoso que se vio. Y la última de la lista es banal y pretenciosa, pero demasiado bien filmada como para dejarla demasiado de lado.

Ahora se viene la temporada del Oscar. Razón de más para volverse desconfiado y venenoso a la hora de ver películas. Y con esto quiero llegar a lo que para mí fue de lo mejor del año: Ratatouille. Cerca del final, el personaje de Anton Ego, un crítico culinario supuestamente terrible, termina reconciliándose con el mundo -o al menos con la comida- y escribe sobre ella algo tan obvio como imprescindible y necesario. Dice que a los críticos les gusta escribir críticas negativas porque son más fáciles y divertidas de hacer, pero que cuando llega algo que realmente nos remueve no tenemos que ocultarlo, sino que promoverlo y transmitir el placer que nos emitió, sin tener ningún miedo al ridículo.

Viendo las cosas que escribí durante el año, me doy cuenta de que sí, que hice un montón de comentarios viciosos y enojados, y que la mayor parte de las veces me resultaba más fácil escribir sobre cómo odiaba algo que encontrarle algo positivo. Ver Ratatouille de alguna forma es recibir una suave cachetada. Pero, sobre todas las cosas, quiero recalcar que para reconciliarse con el cine hace falta ver buen cine. No vale hacerse el bueno con las primeras mierdas que pasen. Si Ratatouille logra decirnos algo es porque es una gran película, no porque atente contra nuestros lagrimales.

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