Prefiero que me quite el sueño garcía (*)
»Por Goergina Torello
El título parafrasea -en lugar de García debe leerse Goya- al del monólogo escrito por Rodrigo García presentado generalmente junto con Borges, otra de sus piezas. Y quiere dar cuenta de la irreverencia de este dramaturgo: su aspecto más llamativo, pero no el primordial. Por ahora, sin embargo, eso basta.
A mediados de noviembre Cero Grupo Teatro, un elenco argentino, hizo dos funciones de Borges que el público montevideano, a juzgar por la (casi) desierta sala cero del Galpón, desaprovechó malamente. Allí, casi solo, el talentoso actor español Pablo Moro Rodríguez encarnó al típico idólatra rioplatense del escritor de El Aleph, relatando su deslumbramiento adolescente, las frustraciones progresivas, para llegar al mas profundo desprecio. Como muchas puestas del mismo García, la dirección de Marcelo Jaureguiberry apeló al insulto, el exceso y la suciedad como herramientas básicas de su performance.
Una biografía oficial dice de García que nace en Buenos Aires en 1964, en el seno de una familia española, y que se marcha a Madrid en 1986; que entre sus talentos figuran la dramaturgia, la escenografía y la dirección de escena, y que con ellos desafía, en 1989, el destino de carnicero que su familia le reservaba.
Funda entonces en ese año la compañía La Carnicería Teatro, como “homenaje irónico” a sus orígenes. En los noventa inaugura una poética experimental, pero todavía “artística”, como la llama García, que abandona para volcarse al teatro político y antiglobal no bien entiende que “con el teatro no se va a cambiar el mundo, pero se puede generar una célula de resistencia”.
Dice la misma biografía que en sus primeros pasos se aferró a Samuel Beckett, Harold Pinter, Eduardo Pavlovsky, Fernando Arrabal y Tadeusz Kantor, pero que luego los abandonó, sin más, por Heiner Müller, Thomas Bernhard, Louis Ferdinand Cèline y Peter Handke.
Lo que la biografía deja afuera es su lugar prominente en el contexto teatral mundial, el juego iconoclasta que establecen sus puestas con la cultura de nuestro tiempo (ejemplos interesantes son Compré una pala para cavar mi tumba o La historia de Ronald, el payaso de McDonald´s) y el escándalo que provoca.
“Hago obras para tocarles las pelotas a los europeos (…) en vez de hacer un teatro que les guste, o que los ponga contentos. Intento hacer un teatro que en algún momento les moleste y los disturbe”, dice García siempre que puede, y también lo hace.
Con Borges aterrizó en Montevideo algo de todo esto, pero nuestro público prefirió que otros le quitaran el sueño o, a lo mejor, dormir tranquilo.
(*) a que me lo quite cualquier hijo de puta

