Adentro del interior
»Palabra: Interior | Por Facundo Ponde de León
Imaginen que se pudiera tomar una linterna y llevarla con nuestra mano por la boca hacia adentro, iluminando todo nuestro interior. ¿Qué veríamos? Órganos, sangre, grasa, venas, tejidos, líquidos. Ése es nuestro inmediato interior, aquel que nos iguala entre todos. Si abriéramos varios cuerpos humanos a la mitad veríamos prácticamente lo mismo. Este interior biológico funciona más allá de nosotros.
Pero hay otro interior, que es biográfico, que no está dentro de nosotros, o si lo está no sabemos dónde está alojado. No hay linterna que lo ilumine porque no sabemos dónde apuntar. Es infinito, alcanza hasta donde llega nuestra memoria o imaginación.
Comparte con el interior físico el hecho de que tampoco tenemos control sobre él. A todos nos ha pasado de llegar a un lugar con la intención que no se note nuestra preocupación y alguien -casi siempre un ser querido y cercano- nos dice:
_¿Qué te pasa?
_Nada.
_Dale, te pasa algo. Se te nota.
Hay un elemento central sobre el que se repara muy poco cuando se habla del interior de una persona, y es que no siempre uno mismo es quien más sabe de su propia intimidad. Con frecuencia se utilizan argumentos que concluyen que nadie se conoce mejor que uno mismo. Eso es falso. Sí es cierto que hay secretos que son íntimos y no se hablan con nadie, y es cierto que hay pensamientos e imaginaciones que nacen y mueren en nosotros, pero eso no implica que seamos los que mejor nos conocemos.
Nuestro interior, a pesar de ser nuestra parte más personal, muchas veces no es nuestro. Son los otros los que me hacen ver cuál es mi intimidad.
Al igual que el médico nos dice cómo funcionan nuestros propios músculos -que a pesar de ser nuestros los conocemos menos que el médico-, muchas veces alguien nos enseña quiénes somos. Pueden ser padres, hermanos, amigos, parejas, psicólogos, líderes espirituales o esas personas que son aves de paso en nuestra vida pero que hicieron un comentario o una reflexión que nos ayudó a zurcir un remiendo de nuestra íntima historia.
Las palabras que nos dicen y que decimos con todas estas personas son como pequeñas parcelas de interior que salen para afuera y ayudan a comprender mejor lo que somos dentro. Esa es la magia del lenguaje, la capacidad de exteriorizar lo que es interior.
Sólo por esta habilidad logramos conocernos mejor y es una capacidad estructuralmente compartida. Por eso es que discrepo con eso de que “yo me conozco a mí mejor que nadie”. Lo que yo sé de mí fue en una primera instancia lo que me contaron y es, ahora, lo que voy tejiendo con las personas con las que comparto los días y las noches.

