
»Por Nicolás Fervenza
Podría escribir mil palabras sobre esa foto en la que están, contra la pared, esos cuatro dementes que se hicieron llamar Los Traidores y se la sacaron sin saber que habían escrito el mejor disco de poética punk en nuestro idioma. No hay otro. Ni en el País Vasco ni en Argentina ni en el DF. Fue en Montevideo, año mil novecientos ochenta y seis.
Podría escribir otras mil sin siquiera empezar a escuchar los acordes de “Solo fotografías”, la primera del disco y que habla de vidas en blanco y negro, vidas que no son nada. Sin bailar en la oscuridad. Sin alcanzar la muerte elegante ni pedir flores en mi tumba. Podría. Sí. Podría también sentirme estoicamente vacío, porque cuando se canta-desgarra-grita un verso como estoy vacío y nada quiero hacer y no quiero buscar una solución, de qué otra manera hay que sentirse.
Los Traidores, y lo dejo estampado en esta página, acá, tienen la culpa de que otros tantos nos hayamos lanzado a resistir. A escribir. A cantar. A romper. A denunciar -sin demagogia ni alguna clase de rédito- que nada va a cambiar. A comprobarnos nihilistas y detestar símbolos, patrias, banderas, himnos, estamentos.
»Seguí leyendo el artículo

»Invitado: Favián Furtado
1. HIGH VOLTAGE_ El primer casete de AC/DC que llega a mis oídos. El Moncho, mi primo, tras escuchar “The Jack”, en plena estupidez sentimental, me lo regala. Todo cerró cuando vi la revista Pelo de ese año, con Angus Young con cuernos y un Bon Scott tatuado adornando la tapa. Muy macabro. Ya nada, ni mi niñez, volvería a ser la misma.
2. ACES HIGH_ ¡Yeah! Ya no se trata sólo de música. Mi amigo Carrión, en la puerta del Dámaso, al ver mi espaldera de Dio, decide cambiármela pelo a pelo por este EP de los Maiden con el “Eddie” piloteando un spitfire. A manera de bocado, sirvió para conseguir todo el material de la doncella de hierro… hasta conocer “The number of the Beast”. El impacto sonoro pegó tanto como el concepto de diseño y la lírica. Fue la hora de aprender inglés.
»Seguí leyendo el artículo

»Por Pedro Dalton
Es un mes confuso en cuanto a estados sentimentales. Flota una alegría con olor a pólvora y jazmín. Tíos mamertos y divertidos, que no están, cambian por primos lejanos de una vez al año.
Las ocho menos cuarto. Matías desde su cama miraba la intermitencia mágica de las guirnaldas del arbolito de plástico. Escuchaba Los Estómagos. Se acariciaba el abdomen para aliviar la emoción que le estrujaba los músculos por la fuerza imponente de las canciones del disco. El sonido de los cubiertos golpeando los platos cuando sus padres preparaban la mesa, tampoco lograba sacarlo del trance de los cambios de color del algodón simulando nieve, y menos de la tristeza que disfrutaba imaginando los lugares vacíos que habría en la mesa.
Los veteranos se habían ido muriendo. Todo era tan natural que a pesar de haber sucedido en el lapso de dos años, sintió la falta de los tres -abuela, tío Raúl y tío Rolando-, justo en esta fecha. Por supuesto que el dolor de esas desapariciones estaba aceptado, y por esto se encantaba con el bienestar melancólico al recordar los gestos y frases de los veteranos, que hacían imagen en las profundas melodías del disco.
»Seguí leyendo el artículo