Diciembre

»Por Pedro Dalton

Es un mes confuso en cuanto a estados sentimentales. Flota una alegría con olor a pólvora y jazmín. Tíos mamertos y divertidos, que no están, cambian por primos lejanos de una vez al año.

Las ocho menos cuarto. Matías desde su cama miraba la intermitencia mágica de las guirnaldas del arbolito de plástico. Escuchaba Los Estómagos. Se acariciaba el abdomen para aliviar la emoción que le estrujaba los músculos por la fuerza imponente de las canciones del disco. El sonido de los cubiertos golpeando los platos cuando sus padres preparaban la mesa, tampoco lograba sacarlo del trance de los cambios de color del algodón simulando nieve, y menos de la tristeza que disfrutaba imaginando los lugares vacíos que habría en la mesa.

Los veteranos se habían ido muriendo. Todo era tan natural que a pesar de haber sucedido en el lapso de dos años, sintió la falta de los tres -abuela, tío Raúl y tío Rolando-, justo en esta fecha. Por supuesto que el dolor de esas desapariciones estaba aceptado, y por esto se encantaba con el bienestar melancólico al recordar los gestos y frases de los veteranos, que hacían imagen en las profundas melodías del disco.

Un par de lagrimotas bien mojadas rodaron a la vez de cada ojo, y atajó a las dos con la lengua en cada comisura de los labios. “Hielo” tiene la voz tan desesperada que aporta la lucidez necesaria, no sólo para saborear dos lágrimas a la vez, sino que lo hizo levantar de la cama para ir a comprar puchos.

Pasó por el living para avisar que bajaba y ofrecerse para traer lo que hiciera falta. Lo dijo acariciando los riñones de su padre, y sintió la tela suave y limpia de la camisa. Cuando el padre se dio vuelta sorprendido por el cariño, le dio una guiñada cómplice, aclarando que cuando subiera del kiosco debía estar esperándolo con un buen whisky.

En lugar de salir por el living, fue hasta la cocina y aprovechó que su madre tenía las manos ocupadas para darle un beso. La felicitó por lo bonito que había armado los platos de la picada. Le dijo que los colores estaban muy bien equilibrados y abrían el apetito. También le dijo “te quiero”.

Llegó a la soledad perfecta, como en los baños de una fiesta, al entrar en el ascensor. Ahí pudo meditar en los gestos que acababa de hacer. Mirando fijo su sonrisa en el bronce de la botonera se habló en voz alta: “¡Qué placer! ¡Qué bien! Les dije que los quiero ahora que están vivos. ¡Qué bien! Pude disfrutar de hacerlo, si se murieran hoy yo ya les dije todo lo que merecen”.

El ascensor golpeó en la planta baja y Matías picó en la cama mientras la guitarra de “La Venganza” se hacía real en el consciente.
Prendió un cigarro y caminó hasta el living. Acariciando la espalda de su padre, sentía la tela suave de la camisa limpia.

1 opinólogo dice que...
  1. Diciembre | Freeway dijo:

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