Tato López: Viajero

Tato López: Viajero
»La máquina de viajar
»La frase: “Lo que más me gusta es buscarme en los otros”
»Por Gabriel Peveroni | Fotografía: Rafa Lejtreger

Es muy saludable. Encontrarse con alguien, un desconocido, y ponerse a hablar horas. Sin parar. Es como ir de viaje. Y si ese otro recorrió el mundo como se debe, despojado absolutamente de equipajes, la aventura es doble. Simplemente hay que dejarse llevar. Lo que se narra a continuación es apenas un extracto de una muy extensa charla con uno de los ídolos de mi infancia, tato lópez, el mejor jugador de básquet que se haya visto en esta parte del planeta.

Pero esa parte de la anécdota es la que menos importa. Porque el que estaba enfrente, conversando mientras cuidaba del fuego de la estufa en su casa de portones, era otro, casi un desconocido. En su nueva piel de viajero, curtido en miles de horas y kilómetros por caminos de asia, europa y américa, tato revela los secretos de cómo dejar atrás la adrenalina de la gloria, para así emprender el duro viaje de la vida. Poco de lo que se cuenta está publicado en su autobiografía…

Así que quienes sientan curiosidad por conocer más detalles sobre su peripecia como jugador -y como viajero-, simplemente deben leer el libro la vereda del destino. Es muy saludable, por cierto, leer esas páginas. Fueron escritas por un tipo entrañable, que en su casa guarda una colección de la revista cerdos & peces, varios libros de bukowski y un ejemplar de la cura.

Tato López: Viajero

_En una columna de Freeway, del año pasado, Roberto López Belloso planteaba que estando de viaje suele pasar de encontrarse con gente parecida a otra. “Un día vi a Borges caminando por Milano”, es uno de sus ejemplos. ¿Te ha pasado de reconocer a una persona entrañable en un desconocido, en algunos de tus viajes?

_¿Sabés que no? Bueno, ahora que decís… me acuerdo de un hecho que fue tremendo. Estaba en Panamá, en el año 2002. Y me encuentro con una mujer muy vieja, con el pelo blanco, muy largo, y me quedé ahí, muy cerca de ella. Nunca le hablé, ni nada, pero me quedé muy cerca porque para mí era como volver a estar con mi abuela materna, que ya era fallecida. Increíble. Fue tal cual. Si no me contás eso, nunca lo hubiera retomado. Y seguro que si me pongo a pensar, seguramente recuerde otras situaciones similares.

_¿Hablaste con ella?

_No. Me quedé cerca, observándola. Era como un doble de la abuela. En cómo caminaba, en su forma física, en todo. Me enganché por el pelo, porque Abuelamama usaba un moño blanco, bien blanco.

_Tuviste un enganche muy particular con tus abuelas. En un momento vivían tus abuelas y la abuela de tu primo en el mismo edificio, frente al liceo Dámaso…

_Mis padres viven, hasta el día de hoy, en el segundo piso. Yo viví en el apartamento al costado, con Abuelacarmen. Pero es verdad, hubo un momento en que se mudó al quinto piso la Abuelamama, que vivió ahí hasta fallecer. Y en un momento llegó a coincidir que la abuela de mis primos –Abuelaita- se vino a vivir al primer piso. Entonces estaba toda la familia ahí. Era fantástico… En otros países tienen otras costumbres, pero acá es muy característico eso de que los botijas estén mucho tiempo con los abuelos.

Cuando fui a la India, descubrí que hay un mundo valiosísimo, que es terapéutico, que es un universo maravilloso, que es el mundo de los viajeros. No me gusta nada ver esos programas de televisión que andan atrás del paraíso perdido para mostrar algo que no se mostró jamás.

_Llama la atención que no vivieras con tus padres, ya siendo niño. Vos y tu hermana mayor.

_Nos fuimos a vivir con Abuelacarmen cuando falleció el abuelo. Y bueno, fue la movida que hizo la familia porque ella se quedó sola. Tiempo después, mi hermana Griselda se fue a vivir con Abuelamama.

_¿Sentís que todos los viajes son el mismo viaje?

_No. No son el mismo viaje. Tienen puntos de encuentro, sin duda, todos, pero no son el mismo viaje. Siempre digo que hay tres viajes: primero es el del lugar al que vas, después el de conocer a otros viajeros, y después el viaje con uno mismo.

_¿Cómo es el viaje de conocer a otros viajeros?

_Cuando fui a la India, descubrí que hay un mundo valiosísimo, que es terapéutico, que es un universo maravilloso, que es el mundo de los viajeros. No me gusta nada ver esos programas de televisión que andan atrás del paraíso perdido para mostrar algo que no se mostró jamás. Es imposible captar una esencia.

_¿Preferís una cámara subjetiva, como más individual?

_El universo del viajero no hay forma de poder transmitirlo. Te encontrás con gente muy linda, muy valiosa. Yo, para enganchar, para conocer ese mundo, tuve que decidir. Dejé mi carrera. Con todos los miedos que eso significa… Hay un montón de cosas que juegan en ese tipo de decisiones.

Tato López: Viajero

_De desprenderse…

_Sí. Ahí está. De desprenderse de tu familia, de tu casa. Y después está el día a día, que muy lejos de ese mundo maravilloso e idealizado que se supone es el del viaje, es muy duro. Es duro, primero que nada, porque no te conoce nadie. Te vienen los fantasmas y la inseguridad es catastrófica -¿qué me pasa acá? ¿cómo zafo de esto?-. Y después están las recompensas que hacen que esa dureza sea disfrutable y que valga la pena. Te reconocés en los demás, con cuáles te enganchás y con cuáles no. Y no te enganchás con cualquiera. No te sentás a tomar un café con alguien con el cual no tenés el alma y no te unen las cosas invisibles. Porque ahí no cuenta nada. Ahí sos lo que sos en el presente. No tenés pasado y tampoco tenés futuro. Está jugando lo que sos ahí, en ese momento, y lo que le transmitís a la gente… Y el tercer viaje es aquel en el que te empezás a reconocer a vos mismo. Empezás a descubrir cuáles son las cosas que te faltan, cuáles son las cosas realmente esenciales.

_¿Cuál es tu viaje, tu búsqueda?

Mi cable a tierra era mi casa. Tuve gente que me habló muy bien. Yo mismo me rescataba en base a los consejos que me habían dado de chico. Lo que pasa es que después había cosas que te las hacían pagar.

_A mí lo que me disparó fue tener conciencia de cómo en un día cambió mi vida. Y yo era un chiquilín. Tengo conciencia del día en que cambió todo. ¿Cuándo fue? El día que me citaron a la selección de adultos, y yo tenía quince años. Siempre cuento la misma anécdota: cuando los profesores entraban a la clase, lo primero que veían, porque debía de ser algo que llamaba la atención, era a un chiquilín sentado sobre el lado izquierdo de la clase con las rodillas a la altura de la cabeza. Medía un metro noventa y pico… y para sentarme en el banco estaba todo doblado. Entraban, y decían: “Buen día… Por favor, siéntese bien, López”. Y López, para sentarse bien, tenía unos líos bárbaros… Y cuando me citaron a la selección de adultos pasé a ser el “niño de oro”. A partir de ahí mi percepción fue que mi entorno cambió y se desarrolló un personaje, el de un jugador de básquetbol que empezó a ocupar muchos espacios en mi vida. Pero yo sentía que atrás de todo estaba ese otro flaco. Pero claro, cuando pasás a ser un personaje súper importante, cuando a los dieciséis te dan la responsabilidad final en un partido para cerrar un juego…

_Todo cambia…

_Y después arranca todo el otro enrosque. Que te atacan y vos te defendés. Que te empezás a enroscar, y empezás a salir de tu propio camino.

_¿Cuál era tu cable a tierra? ¿Tus abuelas, tu familia?

_Mi cable a tierra era mi casa. Tuve gente que me habló muy bien. Yo mismo me rescataba en base a los consejos que me habían dado de chico. Lo que pasa es que después había cosas que te las hacían pagar. La cana, por ejemplo, es una consecuencia. Y después ya te empezás a enroscar, porque claro, todo lo que hacés genera tanto… por ejemplo, el personaje mío era díscolo, agresivo. Ése era mi personaje. Pero también era muy trabajador, muy buen jugador. Entonces, cuando le pongo fin a la carrera una de las cosas que decía a mis cercanos era la de “ahora me voy a ir a encontrar conmigo… sé que hay otro flaco por ahí que a mí también me va a sorprender”. Y de hecho, a mí me sorprendió.

_Ahí te descubriste que podías seguir estando “mal sentado”. Pienso en cuando caíste con esa valija enorme en Nueva Delhi.

_Es como decís. Yo volví a ser el flaco que seguía estando mal sentado, como en el liceo. Ahí no importaba que antes hiciera treinta puntos por partido. Es verdad, me pasó que un holandés a quien conocí apenas llegué a India, me dijo: “no podés viajar sin la guía de viajero y con esa valija”… Y bueno, ahora estoy muy contento con esto del libro. No paro de sentir satisfacción. Porque primero fue soñarlo, después escribirlo, y después todo lo que pasó desde que se publicó. Los encuentros con la gente… es brutal. Y me da un poco la razón de aquello que intuía: que no soy solamente aquel jugador de básquetbol que generaba tantas cosas, soy también ese otro flaco, más pausado, más de mirar a los ojos. Y está bárbaro.

Tato López: Viajero

_Decís que soñaste un libro… ¿De dónde viene ese vuelo?

_Mirá, esto tiene varias etapas, hasta llegar a decir “voy a escribir un libro”. Un día, un amigo escribe un libro y me pide permiso para contar una historia mía. Un libro fantástico. Cuando leo esa historia, muy bien escrita, me di cuenta que la esencia se había desvanecido al ser interpretada por otro. Primero empecé a escribir cuentos, como un cable a tierra, en los viajes. Porque escribir es una necesidad, es algo hasta antropológico. Y ahí es que empiezo a soñar La vereda del destino… una autobiografía en la que me pararía a homenajear a los demás. Y después se da el encuentro con el periodista deportivo y escritor Joselo González, quien me ayuda en el vértigo de escribir. Y me guía, porque una cosa es escribir un cuento de tres páginas y otra un libro de largo aliento… Me preguntabas por mis guías. Amo a Bukowski. Y en el libro, como es un libro de homenajes, lo nombro. En una lista, estando en cana, cuando el guardia empieza a llamar para volver de la visita a las celdas, pongo “Bukowski, Carlos”, y más atrás “Chinaski, Enrique”… A mí me gustaba mucho cómo escribía Bukowski, esa cosa de capturar tanto en pocas líneas. Y hay otros dos libros que me fascinaron: Cien años de soledad y La conjura de los necios. Son dos libros maravillosos… Y me gustó mucho aquella película de Tarantino, Pulp Fiction, que tenía touch, eso de qué está pasando acá. Y sí, siempre están pasando tantas cosas…

Me decía: “cuando deje de jugar al básquetbol, me voy a regalar un par de años para mí, para viajar”. Me pintó de ir a la India y conectarme con ese mundo, y después cazar un bolso e ir a un pueblito nepalés. Me pegó por ese lado.

_Esas múltiples historias que se juntan al final, o no, pero que van armando la gran historia.

_También lo hizo muy bien el director de Amores perros y 21 gramos. Ahí fue donde me dije: “bueno, estaría bueno hacerlo de esta forma”. Pero no me decidí a mandarlo a una editorial hasta que una amiga, que es muy lectora y muy amiga, cosa que si me tiene que decir que es una mierda me lo dice, me dijo: “a mí me encantó”.

_El tema del viajero es central en tu vida, y por supuesto en el libro. Y genera un poco de extrañeza, porque los uruguayos no somos precisamente viajeros.

_A mí me pasó que desde niño soñaba con ir a conocer ciertos lugares: Grecia, Israel, India. Y después, cuando empecé a viajar con el básquetbol, enseguida me di cuenta de que iba a trabajar, no de viaje. Entonces siempre me iban quedando cosas… Yo me manejaba. Me decía: “cuando deje de jugar al básquetbol, me voy a regalar un par de años para mí, para viajar”. Me pintó de ir a la India y conectarme con ese mundo, y después cazar un bolso e ir a un pueblito nepalés. Me pegó por ese lado.

_¿Qué recorrido hiciste?

_Salí de acá, lo primero fue Rusia, y de ahí me fui a India. A los meses vuelvo a Montevideo y me voy con mi novia a Nueva York. Después arranco nuevamente a India y me quedo seis meses más. Otra vuelta a casa, y a los meses fallece mi abuela. Y parto otra vez, a Europa, a visitar a gente que había conocido en India. Me quedo unos siete meses, y a la vuelta me pongo a hacer el curso de entrenadores. En las vacaciones de julio me voy a Bolivia, y cuando termina ese año lectivo me voy al Sudeste asiático. Vuelvo en abril, para seguir estudiando, y cuando termino ese segundo año me voy a Guatemala y me vengo por tierra desde allá. Antes de terminar la carrera como jugador ya había hecho algunos viajes copados. Había estado en Yucatán y Chiapas unos cincuenta días. En otro viaje fui a Italia, y de Italia me fui a Egipto e Israel… A mí no me gusta caer a los lugares cuando ya les pasó por arriba el turismo, es como que no los disfruto. Me gusta llegar cuando los viajeros están abriendo la ruta, antes de que lleguen los turistas. Entonces hay lugares de los que me enamoré: Laos, Nicaragua. Me pasa eso. Pero de repente, Egipto, que es un lugar maravilloso, no lo disfruté tanto. Y viajando tan lejos aprendí a viajar acá, en Uruguay. Aprendí a conocer nuestro país.

_Ésa es una deuda que tenemos los montevideanos…

_Hay lugares fantásticos. Y aparte, como nosotros tenemos las cuatro estaciones, el mismo lugar cambia a lo largo del año. Y viajando por ahí, lejos de lo turístico, se aprende a ver las cosas maravillosas de un país como el nuestro.

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_Eso es muy cierto, pero en eso de la “deuda” me refería también a que hay otras tantas cosas que se aprenden viajando, como el cosmopolitismo, que es algo que nos hace un poco de falta.

_Es cierto. El cosmopolitismo no llegó a este país. Si acá llegan a caer quinientas familias chinas, nos da un ataque de locura. Y guay de que no te vayan a tocar el área en que estás metido. Eso es verdad, sin ningún tipo de duda que es así. Y se nota claramente en el comer. Una vez llegué, en Vietnam, a un restaurante después de terminada la hora del almuerzo. Pedí sopa y me dijeron que me la traían en un rato. Y mientras esperaba que trajeran mi sopa, comí unos pedazos de carne que había en un plato. Estaba muerto de hambre. Resultó ser perro. Delicioso. Me encantó. ¿Qué otras cosas comí? Murciélago, caracoles, cucarachas, hormigas… Todo delicioso. Ésa es la verdad. Y bueno, pero precisamente hay quienes puedan decir “sos un puerco, esas cosas no las podés hacer; no me quieras convencer”. Pero nosotros vamos a una yerra, nos comemos los huevos del toro, y quedamos extasiados. Y comemos el chinchulín, que es el intestino de la vaca, por donde pasa la materia fecal, y no sabemos cómo fue lavado, o cómo no fue lavado. Y lo comemos con gusto, ¿no es cierto? Bueno, la sangre en la morcilla… No sé. Ahora, eso mismo que nos resulta tan chocante, tan inaceptable, lo llevás a cualquier otro tema y es lo mismo. Por ejemplo, para nosotros es inaceptable que las mujeres musulmanas anden todas tapadas y que el concepto de tener sexo sea para procrear. Pero es cultural: no cogen por coger. Es una cosa que a nosotros nos resulta ridícula, inaceptable. Yo qué sé… A mí no me cierra eso de que los musulmanes tengan que terminar con todas las demás religiones, porque en algún lugar del Corán la interpretación diría eso. Me da la sensación de que es al revés, de que a esta gente la agreden constantemente. Entonces, viajando, entrás a conectarte con ciertas realidades, no verdades, realidades, que pertenecen a una humanidad, a una cultura que viene de mucho antes del nacimiento de Jesús. Y el tema de que un viaje sea vivencial, y no a través de una pantalla, o de una lectura, es que definitivamente pasa a formar parte de tu vida. Porque todo lo vivís. En un lugar, una vez le hice una pregunta a una mujer, y mi compañero, uno que estaba viajando conmigo, me dijo: “es la última vez, yo no viajo más con vos”. Y tenía razón. Porque a esa hermosa mujer que estaba vendiendo cosas en la calle, le pregunté si era casada, lo cual es motivo de muerte si ella me denuncia ante su marido. Y yo que lo viví sé, a pesar de todo lo que hoy me pueda generar viéndolo desde acá, que la violencia no es la que puedan generar ellos sino que es la mía, por no respetar sus códigos. Todo es vivencial, y a mí me parece fantástico, partir de ese ejemplo, de decir “yo comí perro”, para demostrar que no podemos seguir siendo tan cerrados.

_¿Por qué tu elección de estar solo?

_Yo no estoy solo. Tengo dos hijas y una nieta.

_Me queda esa imagen… como que no tuviste la necesidad de formar una familia tradicional.

_ Eso que decís es real. Tengo una familia formada desde un lugar en el que no se manejan nuestros códigos de cómo debe ser una familia. A mí los temas de las edades, de los tiempos, por ejemplo, se me ha dado de una forma completamente atípica.

Mi carrera fue muy intensa. Muchísimo. Ahora me preguntan, mis ex compañeros, si voy a volver a jugar al básquetbol. Y digo que no. No es porque me haya aburrido, sino porque las lesiones que no te hiciste jugando te las hacés después. Por una cuestión de ego, porque vas y no querés que te pinten la cara.

_¿Cuál es tu percepción del tiempo?

_A mí me gusta cuando en India te hablan de “Fulano te está haciendo una broma”. Porque así te dan las cosas de una forma en que vos no las esperás. Y en mi caso, mi vida es una broma: a los quince años tuve la responsabilidad de un hombre, a los treinta y seis me jubilé, y a los cincuenta empiezo a estudiar. Y qué se yo… a los sesenta capaz que tengo otro hijo. ¿Está bien, o está mal? Ni una cosa ni la otra. Es así. Mi broma. Son pequeños conceptos que los fui entendiendo, tal vez mal y tarde, pero que se manejan en otras culturas…

_¿Y tu casa?

_Mi casa es bastante particular dentro de las costumbres de lo que es mi familia, porque me fui del barrio. Vivo en Portones de Carrasco, desde hace veinticinco años, y esto era mucho más aislado en aquella época. Pero sí, hay un tema ahí con lo de la soledad, que viene de que no nos gusta hablar de la soledad. Parece que fuera algo feo. Y no lo es. Porque la soledad pertenece a cada uno de nosotros. Simplemente es de la forma en que uno se pare frente a ella. Si la aceptás, si te hacés amigo, la podés vivir muy bien. Y es a partir de ahí que empezás a enriquecer el contacto con el otro, parándote bien frente a tu soledad. Yo he vivido mucho en soledad, la he sentido, y me he hecho muy amigo de ella, sobre todo en épocas de jugador. El éxito es muy solitario. Y la caída. A mí me pasó mucho eso. Generalmente me pasaba de estar acá arriba y al otro día estar allá abajo.

_¿Cómo manejabas los bajones después de la euforia?

_Yo te diría que cuando jugaba, mi ciclo funcionaba en ir tras un objetivo, en fijarme una meta. Si lo alcanzaba, a los pocos días me deprimía. Si no lo alcanzaba, enseguida me marcaba otro objetivo, y esa misma nueva meta no me permitía caer, porque quedaba enganchado. Mi carrera fue muy intensa. Muchísimo. Ahora me preguntan, mis ex compañeros, si voy a volver a jugar al básquetbol. Y digo que no. No es porque me haya aburrido, sino porque las lesiones que no te hiciste jugando te las hacés después. Por una cuestión de ego, porque vas y no querés que te pinten la cara.

_Además, no podés perder.

_No podés perder. Claro. Entonces dije que no. Acá hay otro tema, que en el libro no aparece: hice terapia diez años, salteado, pero estuve diez años.

_¿Psicoanálisis?

_Sí. Por lo que ese tipo de cosas, como dejar el básquetbol, para mí fue algo natural. Aunque para todo mi entorno, sé que no fue así. Les costó aceptar mi decisión. Me preguntaban qué pasó. “Y ta, se terminó”, les decía. Entonces, me decía a mí mismo: “¿estoy preparado para dejarlo?”. Fue en ese momento cuando empecé a tomar real conciencia. De que aquello que sucedía dos veces por semana, que implicaba adrenalina y aparte ser el jefe de la tribu, el chamán, porque yo no era cualquiera en la ceremonia de cada partido, se terminaba. No estaba más. ¿Con qué lo iba a sustituir? Y tuve que encararlo… Salí de viaje.

feed | Escrito por: Gabriel Peveroni
2 opinólogos dicen que...
  1. Santiago dijo:

    Al igual que la entrevista a Troncoso, me encantó la de Tato. Soy aficionado y practicante del basket y Tato Lopez es la estrella viviente por excelencia en este deporte en Uruguay. Un personaje singular también, de quien nunca entendí muchas cosas tanto de su vida personal como la profesional, y esta nota sin dudas que me ayuda.
    Saludos.

  2. Tati dijo:

    bueno…, navegando,navegando…llegué hasta aquí!, y me encantó opinar sobre el libro del tato (un verdadero personaje que hasta el momento desconocía…), no soy nada afín al basket(es más si no fuera por el libro no sabía quien era el tato lopez!!(perdón)), pero en fin, leí su libro y me encantó, es realmente atrapante, y no podés parar de leer!!, (increíble para alguien a quien no le gusta mucho leer jaja!), es un libro que transmite tantas y tan distintas emociones, sensaciones…esos son los libros que realmente vale la pena leer, los que transmiten algo,Tato: un grande, el libro: de lectura OBLIGADA!!!
    SALUDOS

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